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  • “Imágenes de Mujeres”

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A rquetipos de lo Femenino en el Arte Costarricense

La cultura occidental ha construido identidades disímiles de lo femenino y masculino que resultan en una lógica diferenciación de funciones sociales y culturales entre los sexos, funciones y estructuras que “orientan” las conductas, las ideas y los contenidos para los individuos y los grupos de acuerdo a las diferencias de sexos.

Occidente ha considerado “lo femenino” como un ente paralelo, complementario, pero necesariamente “menor” que lo “masculino”; esto puede comprobarse en el discurso filosófico, teológico y científico, partien-
do de supuestos que no es sino hasta hace muy poco

tiempo que se examinan con suficiente criticidad.

Los resultados sociales y culturales de estas visiones sesgadas produjeron una condición de alienación de la “figura femenina”, forzada a responder, por lo general, a intereses que no le pertenecían, y obligada a una relación asimétrica con el sexo “opuesto”.

Eva, Pandora, Afrodita, Palas Atenea, Salomé, María Magdalena, María madre santísima, son algunos de los arquetipos, muchas veces llenos de contradicciones, que la cultura occidental ofreció a la mujer a lo largo de los siglos. Como espacios simbólicos donde “recrear” su propia imagen.

Amor, sumisión, regazo, dulzura, suavidad, obediencia, tesón, entereza, sacrificio, constituyen por una parte, virtudes esperadas en la mujer. Por otra parte, categorías antagónicas como pecado, maldad, voluptuosidad, tentación, concupiscencia, misterio, nombran algunas de las múltiples, y muchas veces opuestas, posibilidades de identificación que occidente ofrece a la condición femenina como espacios para el reconocimiento y la definición.

Todas estas “maneras de ser” constituían para la mujer, la factibilidad de “integrarse” dentro del imaginario de una cultura que por definición excluye lo femenino de la ley y la palabra, otorgándole únicamente “espacios de definición” que le pertenecían, ya que eran estructurados más allá de su poder de decisión.

El arte de Occidente, a lo largo de su desarrollo, muestra abundantemente estas formas arquetípicas de formulación del ideario de lo femenino. Así, desde la diosa prehistórica, pletórica de fertilidad hasta la Pandora que acarrea consigo todos los males de la humanidad, en el arte encontramos los diferentes énfasis que el concepto de mujer comporta en las distintas edades de la historia de las culturas occidentales.

Madre, santa, compañera, cortesana, bruja, beldad, tentación y deseo, abnegación y sacrificio, bondad y maldición, pueblan con formas femeninas mármoles y lienzos, proyectando esas imágenes en las que se concreta el abstracto que define “lo femenino” en nuestra cultura.

El arte costarricense no escapa a esta situación y refleja también los paradigmas de mujer que encontramos en la historia del arte de occidente.

La producción simbólica del periodo que precede la llegada de los europeos a nuestras costas nos ofrece el ícono de lo femenino fuertemente relacionado con el concepto de fecundidad y cuido materno, y en no pocas ocasiones la imagen de mujer con tocados particulares y descansando en sillas que se interpretan como instancias de autoridad y poder. Este concepto de fecundidad que aparece fuertemente ligado con la tierra y por lo tanto con la agricultura, es sin duda alguna un medio para asegurar la mantención del grupo social.

Desde el albor de los tiempos, y por razones de su propia naturaleza, la mujer ha sido asociada con la fertilidad y maternidad. Las imágenes de mujeres en su papel de madres aparecen desde los comienzos mismos de la cultura humana. El arte occidental es un buen testigo de ello, ya que en él encontramos innumerables representaciones de esta asociación mujer-maternidad. La gama cubre desde figuras que destacan a la madre que acuna o alimenta a su pequeño hijo, a mujeres acompañando a sus hijos a dar sus primeros pasos o protegiéndoles como fieras ante el peligro hasta las imágenes de madres dolientes que acogen en su regazo al hijo muerto. La extraordinaria “Pietá” romana, esculpida por Miguel Ángel Buonarrotti, es posiblemente la obra occidental más conocida sobre esta idea.

En Costa Rica son también múltiples las representaciones artísticas que versan sobre este tema. En ellas el vientre abultado es símbolo inequívoco de la continuidad de la vida. Francisco Zúñiga con su polémico monumento, Francisco Amighetti, Margarita Bertheau, entre muchos otros, han hecho arte en torno a esta idea. “Gravidez” escultura de Juan Rafael Chacón, o “Frutos”, conjunto fotográfico de Karla Solano, constituyen buenos ejemplos de esta constante en el arte costarricense.

Durante la colonia la representación por excelencia de la cultura oficial se llena de figuras celestiales y de santidad: vírgenes y mártires, madres sacrosantas y representantes del sacrificio y la límpida pureza de la espitualidad y la bondad santificada. Estas imágenes y los conceptos que de ellos derivan sirven de modelo social a las conductas de la mujer y se erigen como paradigmas capaces de contener y satisfacer las aspiraciones de las mujeres del momento. El rostro dulce y angelical con que se representa a la Virgen María desde los inicios del arte cristiano, será el referente idealizado de sumisión y delicadeza con el que se modelarán otras imágenes de la mujer; integrando al concepto de femineidad el conjunto de virtudes marianas. Gonzalo Morales Alvarado presenta en sus obras esta idealización virtuosa en muchos de sus retratos y pinturas de figuras de mujer llenas de dulzura y candor.

La imagen del regazo materno, como paradigma universal, significará para la humanidad entera, un modelo a emular. El ser madre se constituye como una conducta y un complejo de valores que deben seguir el ejemplo de la Virgen María: madre sin mancha y llena de amor, madre dolorosa en la muerte de su hijo; modelo de entereza, estoicismo, amor sin límite, infinita piedad y sacrificio. Este “paradigma de mujer” es el vigente, durante la época colonial, en todos los territorios de la América Latina.

En el siglo veinte, escultores de la talla de Juan Manuel Sánchez y artistas experimentales como Roberto Lizano, desde ópticas diferentes han tratado la ancestral relación telúrica de las fuerzas de la vida con la imagen de la mujer, acercándose con su obra a las ideas presentes en las representaciones de lo femenino de las artes precolombinas.

La llegada de los movimientos independentistas ofrece la oportunidad de un respiro para una forma de lo femenino que no suele ser común: la compañera libertaria. Aquella mujer convertida en apoyo indispensable o decisión transgresora que se trastoca en heroína que abandona la familia y la iglesia por el campo de batalla, el círculo de las ideas y las alegorías de la libertad, el triunfo y la nación. Estas heroínas asumen un papel activo dejando atrás la prudente pasividad atribuida a la mujer en la cultura decimonónica.

En Costa Rica a inicios de la época republicana, José Zúñiga Valverde con su óleo de 1906 “Retrato de Pancha Carrasco" nos ofrece un ejemplo de estas emuladoras de Juana de Arco, en la época moderna.

No obstante, la mayor parte de la pintura de este período presenta a la mujer engalanada con hermosas prendas como personificación de la belleza o vestida con la dignidad de la experiencia como matrona digna y orgullosa en su papel de columna y cimiento de la familia, o como estandarte que pregona la riqueza de su apellido.

El arte académico utiliza la figura femenina des nuda como forma alegórica de las artes, la belleza y la simbología de las mitologías centrales la cultura clásica occidental. Aunque producidas en Europa las pinturas del Teatro Nacional son un buen ejemplo de este uso permitido del desnudo femenino. Este es el caso de la “Alegoría de las Bellas Artes" realizada por Tomás Povedano de Arcos para el Teatro Nacional. La "Victoria alada de Samotracia” en el arte helenístico; “La libertad guiando al pueblo”pintura de Delacroix del romanticismo del Siglo XIX, son también ejemplos de figura femenina utilizada como metáfora de valores civiles, sociales y políticos. El Monumento Nacional que celebra la Campaña de 1856, utiliza la figura femenina como símbolo de las repúblicas centroamericanas en lucha contra el invasor.

El pintor Fernando Carballo realizó “Flor de esa tierra bendita”, una poderosa imagen crítica que, dentro del prototipo de las alegorías surge mordaz y violenta como semblanza de una patria; de un terruño convulso y repulsivo, a punto de convertirse en desaliento y hostil realidad cotidiana. La descomunal fuerza de las formas desnudas porta este presagio de guerra y desazón que deconstruye las visiones heroicas tradicionales de las figuras alegóricas.

En el arte occidental el desnudo femenino ha sido la imagen en la que se proyecta el deseo masculino y la caja de resonancia de las fantasías y sueños del varón. Desde la “Venus de Milo”, pasando por la Venus de Giorgione y Tiziano y las voluptuosas gracias de Rubens hasta las agresivas mujeres de Tom Wesselman, el deseo masculino se hace realidad en el desnudo femenino que espera en reposo por el ojo varonil que le inspecciona y le nombra.

La tradicional asociación con la belleza y la proyección del deseo en el cuerpo desnudo de la mujer, posee sus cultivadores en nuestro medio y desde la vitalidad de las obras de Manuel de la Cruz González hasta las sedosas pieles de las modelos de Rolando Cubero su presencia es constante en la pintura nacional. Quizá las prácticas de enseñanzas de las escuelas locales, con su acento en la figura humana y el desnudo femenino como sinónimo de lo bello y lo sensual contribuyan a reforzar esta significación típica del desnudo femenino en reposo. Prototipo que hoy día inunda las páginas de revistas, anuncios publicitarios y filmes, llevando esta imagen que fue propiedad exclusiva de la pintura y la escultura a un público masivo, asociado con la música popular y los bienes de consumo.

En esta nueva dimensión cultural, el cuerpo desnudo femenino alcanza una difusión social no imaginada antes, acentuando así el peso de esta imagen como cosificación del objeto de deseo. La figura femenina pierde entonces su dimensión humana de individuo para convertirse en un objeto de placer totalmente despersonalizado y que manifiesta sin resistencia alguna la aceptación placentera del poder masculino sobre lo femenino.

“Chaqueta de cuero", de Gonzalo Morales Sáurez es un óleo que nos muestra una chaqueta colgando de una pared junto a una imagen de mujer desnuda, “Miss Abril", típica fotografía de las que publican las revistas “eróticas" para "varones". Esta pintura nos muestra con fuerza, la nueva dimensión social del desnudo, proyectando su trasfondo de mujer-objeto.

Muchas de las miradas femeninas participan también de ésta construcción ideológica y comparten este enfoque masculino, al definirse a sí mismas dentro de la perspectiva de la mirada narcisista, haciendo de la belleza física y la seducción condiciones "propias" de la mujer. La sensualidad asumida como característica intrínseca del complejo de la femineidad está presente en muchas pinturas de desnudo realizadas por mujeres que incorporan así a su visión el "ojo masculino”. La mayoría de los desnudos ejecutados por artistas mujeres costarricenses desde la década de 1940, obedece a esta dimensión estetizante.

Dentro del género del desnudo nos encontramos con obras como “La Modelo" de Francisco Amighetti que nos permiten descubrir una dimensión distinta, que reconocemos en la desafiante mirada inquisitiva, que como contrapunto a la plena redondez de las formas, interpela al espectador.

Amighetti es posiblemente uno de los artistas locales cuyo universo plástico acude constantemente a la discusión de diferentes enfoques condición femenina. "Conversación", es una Cromoxilografía que ejemplifica con gran propiedad y comprensión “la mirada masculina” obra que expone mediante el brusco contraste de las formas y los personajes; entre lo bello y lo grotesco, los horizontes de la asimetría la relación entre los sexos. En "Conversación" el contrapunto se da entre la dimensión etérea, en la mujer evocada y la violencia agresiva del mundo del licor articulada en la gesticulación grosera de los personajes masculinos.

Existen también las formas depuradas y poéticas del desnudo femenino que con algunas variantes transcriben la sensualidad del cuerpo-objeto a términos abstracto-plásticos que convierten lo erótico en metáfora del movimiento, la cadencia y el ritmo. Este paso del predominio de la función semántica a la sintáctica es claro en artistas de la talla de Pablo Picasso, Henri Matisse o Jean Arp. En Costa Rica, Juan Manuel Sánchez, Manuel de la Cruz González, Carlomagno Venegas, Carlos Salazar Herrera y Juan Luis Rodríguez ejemplifican esta actitud con sus obras.

Una de las más extendidas concepciones de lo femenino asocia a la mujer con un conjunto de características que, en suma, desembocan en una idealización lírica de las virtudes concedidas como definición cultural e ideológica de los atributos de su género. El arte de Occidente, tanto en la pintura como en la escultura ha producido múltiples imágenes poéticas que ilustran esta visión idealista de la mujer. En la plástica costarricense, es quizá la pintura de Rafa Fernández la que mejor ejemplifica esa mirada que une a la mujer a una forma de lirismo poético.

César Valverde creó en su producción plástica un ícono femenino, persistente a lo largo de su trabajo; que acentúa la presencia del rostro y la figura femenina en la gran mayoría de sus obras, creando así un prototipo personalizado, que le imprime un sello característico a su obra.

Otro ejemplo de idealización, esta vez motivado por el amor y la intensidad de una relación profunda está presente en la escultura y el dibujo que Juan Manuel Sánchez dedicó a su esposa Berta, musa por excelencia de su creación artística. Delicadeza, elegancia y sobriedad son algunas de las cualidades de estos retratos y dibujos señeros dentro de la plástica nacional.

Dentro de las jerarquías de la cultura occidental la mujer ocupa puestos diversos y se asocia con distintas funciones y cualidades, que atienden muchas veces a su edad y experiencia vital. Juventud, madurez, ancianidad corresponderán así a momentos que reciben definiciones y atributos diferentes en la concepción social.

Juan Rafael Chacón con sus frágiles estatuillas de jóvenes adolescentes se inscribe en el círculo de concepciones ambiguas entre la inocencia y pureza de la desnudez casi infantil, la sinuosidad incipiente de las curvas que modelan la figura y la evidente corporización del deseo de la figura desvestida.

Es también Amighetti quién se ocupa de comentar con sus buriles las dimensiones sociales de lo femenino con xilografías como "Vieja, niño y nagual” dentro de cuyo universo se encierran, la admiración por la tradición y el orgullo de la raza simbolizadas en la anciana que con su saber será la idónea guía de las nuevas generaciones. En "la niña y el viento", el grabador nos muestra el estupor de la joven adolescente que con asombro se descubre bajo el acecho de las voces de los vientos, que con su filoso soplido recortan sus formas de mujer y reclaman su deseo de apropiación de la naciente madurez corporal. Dos momentos diferentes en la vida social de la mujer y dos actitudes polarizadas frente a una función social que cambia drásticamente con la edad.

Dentro de una óptica afín, debemos destacar dos realizaciones notables: "Esperanza", escultura de Fernando Calvo y los “Retrato de Marina", dibujos de Dinorah Bolandi, obras que constituyen dos fronteras entre lo social y lo subjetivo, entre lo político y lo íntimo. “Esperanza" es una imagen de la ancianidad que deviene en símbolo de una nación y una ética que la historia ha dejado olvidadas; por otra parte los retratos de Marina, madre de la dibujante Bolandi, se erigen como una obra profundamente humana, afectiva y realista. La perspectiva masculina sobre “lo femenino” deambula entre las idealizaciones que van desde la inocencia y el pudor hasta la personificación del mal encarnado en la mujer. Esta mirada oscila entre la Eva seductora que induce a la falta, hasta la peligrosa Pandora, origen de todo mal y sufrimiento y encuentran su polarización en las impecables imágenes marianas.

La pintura de Gonzalo Morales Alvarado con sus retratos de sonrojadas jóvenes o seductoras campesinas que no advierten siquiera la dimensión real de sus encantos ilustra los conceptos creados alrededor de la seducción, el pudor y la virtud. Por otra parte el más alto grado de la dimensión trágica de la mujer como fuente de mal y desesperación se concreta mejor que en nadie en la serie titulada ''Bestiario'' de Francisco Amighetti, conjunto de males y perversión hilvanados alrededor de una visión manipuladora e hiriente de la sexualidad femenina.

La relación mujer-pecado es importante en la visión cristiana y este vínculo entre lo femenino y lo pecaminoso está presente en el testimonio pictórico de Guillermo Murillo en su serie “Doncellas", y en sus agresivas pinturas de prostitutas. Murillo presenta en sus grabados imágenes muy relacionadas con obras como “El origen del mundo” de realista pintor francés Gustave Courbet.

Los ambientes de “club” nocturno se nos revelan con sutileza en la fotografía de Fernando Acuña, que escudriña interesantes dimensiones de este mundo de noche y sexo.

Acuña y Murillo se convierten con su trabajo en seguidores de propuestas artísticas de otras épocas, en la línea de creadores como Degas, Toulousse- Lautrec, Kees van Dongen, Kirchner y Otto Dix.

La pintura de Rodolfo Stanley explora este aspecto en obras en las que: seducción, dinero, sexo y desnudo femenino integran un conjunto que complementa la imagen sinuosa de los gatos y la cola siniestra de la serpiente del mito del paraíso terrenal. Stanley ha investigado recientemente el submundo de la ciudad y su pintura nos ofrece una mirada sin juicios de valor sobre los acontecimientos que presencia en atmósferas nocturnas de seducción y deseo.

La imagen de la mujer unida al trabajo ha sido importante en el arte occidental son quizá las imágenes del barroco holandés las presentaciones por excelencia de la mujer en su mundo de lo doméstico, siempre bañadas por una luz filtrada a través de las ventanas apacibles y serenas, las mujeres de Vermeer, de Hoock, Terborch atestiguan esta reposada mirada al interior del mundo doméstico.

En otros momentos de la historia del arte, las mujeres de Millet recogen con resignación las sobras de la cosecha, o las campesinas de Courbet levantan los brazos para aporrear el grano. En Bretaña, las jóvenes campesinas de Gauguin cuidan los rebaños o se transportan en visión piadosa en el recogimiento de su fe.

En el arte costarricense encontramos también esta dimensión de lo doméstico en la pintura de Amighetti, en algunas esculturas de Crisanto Badilla y Mario Parra, en la obra de Luis Daell y de Jorge Gallardo al igual que en la producción temprana de Francisco Zúñiga. Vendedoras de frutas, campesinas ayudando en la siembra de café, lavanderas a la orilla de los ríos en Guanacaste, madres bañando a sus hijos o enseñándolas a dar sus primeros pasos.

En la representación de lo femenino es frecuente encontrar el concepto de pasividad en contraposición con lo activo corporizado en la imagen de lo masculino. Mujeres atisbando al mañana, al entorno que les rodea a través de una ventana; temerosas, inseguras, siempre a la espera que bulle mas allá del recinto que la cobija. Incapaces de tomar sus propias decisiones, se asoman a la vida indecisa, anhelando encontrar un sendero que les guíe. Manuel de la Cruz Gonzáles, Francisco Amighetti y Francisco Zúñiga entre otros abordan en sus obras este aspecto de la condición femenina en una sociedad patriarcal que asigna actitudes y modela conductas atendiendo a un desbalance fundamentado en el género.

Las últimas décadas del siglo veinte sirven de nicho a la producción de obras que plantean una conciencia más elaborada sobre la situación real de la mujer en la cultura patriarcal occidental. Mario Parra con obras como “Mujer Sandinista”y “Mujer encadenada” nos ofrece una mirada consiente de las problemática de la mujer en una sociedad sexista que la ata y la encadena con sus convencionalismos. Por otra parte Leda Astorga con su Visión mordaz que deja al descubierto la teatralidad afectada de ciertas conductas sociales e individuales, abre brecha a una perspectiva nueva al implantar una visión fresca de mujer con conciencia plena de su función en la sociedad y la cultura. Visión que introduce la perspectiva de la mirada independiente realmente femenina.

Magda Santonastasio, Ana Griselda Hine, Marisel Jiménez, Leda Astorga, Rosella Matamoros, Florencia Urbina, Cecilia Paredes, Priscilla Monge, Ana Elena Fernández, Sila Chanto, Mirta Castro, Victoria Montero, Tita Valencia son integrantes de nuevas generaciones de artistas, que han abierto con sus propuestas plásticas un campo inédito en las expresiones artísticas del país, para la discusión de problemáticas e ideas relacionadas con la condición femenina.

Los carboncillos y grabados de Ana Griselda Hine constituyen posiblemente una de las producciones graficas más importantes en el país durante la década del ochenta. Trabajados con una urdimbre en la que dialogan lo espontáneo y lo meticuloso, iluminados con un uso de la luz que logra atmósferas sugerentes y a veces opresivas, presentan a la mujer de manera indirecta reflejada en espejos entre los enseres y muebles de la casa. Se la representa de manera fragmentaria dentro de ese mundo doméstico que la contiene y la encierra. La soledad y el silencio o el drama en ciernes completan el entorno en el que se deslizan casi imperceptibles las mujeres de Hine.

Dueña de la gestualidad y la energía desbordante Rosella Matamoros presenta en sus dibujos más recientes la imperante necesidad del otro. Dotados de extraordinaria fuerza y dramatismo, ellos, nos hablan de la pareja, de la búsqueda, del encuentro y la partida. En la brevedad del espacio de sus formatos, la intensidad de los trazos revela los impulsos que lanzan los seres humanos en los brazos de la necesidad existencial de complementar la vida en una relación emocional con el otro, trascendiendo las fronteras de lo personal en el afecto. En sus dibujos recientes, Matamoros presenta toda esta dimensión del yo en el otro desde una óptica de mujer alejada de los estereotipos anquilosados.

La obra de artistas como Marisel Jiménez introducen en el arte del país una sensibilidad femenina de nuevo cuño, libre de la influencia de los conceptos tradicionales. Sus esculturas nos muestran con sus cohibidas e inocentes adolescentes y su mirada compasiva hacia los animales las metáforas visuales de esta sensibilidad doliente y recogida en el silencio.

Karla Solano utiliza la imagen del desnudo concediéndole un nuevo significado dentro del concepto de “cuerpo”, planteando un discurso que se acerca a versiones del tema barroco de la brevedad de la vida y la superficialidad de las vanidades mundanas. Karla aborda esta temática desde una perspectiva contemporánea y logra una visión íntima, crítica y propiamente femenina que enfrenta su concepto de desnudo a la tradición del arte occidental

Dentro de la misma línea de pensamiento, encontramos el trabajo de muchas jóvenes artistas, como Loida Pretiz, quien desenmascara con desenfado el culto a las estereotipadas imágenes de lo femenino en la sociedad contemporánea. Pretiz, con su propuesta para una nueva imagen "sacra" en torno a un ícono típico de nuestro siglo; la famosa e imposible muñeca "Barbie" y toda su glamorosa parafernalia; entroniza en el retablo de la "Madonna de la Postmodernidad” los valores típicos de la sociedad de consumo y sus prototipos vacíos. El espacio sacro del retablo, destinado a los valores espirituales representados por los santos cristianos trastoca su vocación tradicional al ser ocupado por un personaje que ejemplifica la veneración de valores de apariencia y superficialidad.

Herbert Bolaños y Cecilia Paredes construyen sus obras con materiales delicados y sugerentes, logrando una dimensión estética particular en sus instalaciones. Bolaños nos ofrece un rincón en el cual atisbar, escondida tras tenues cortinajes, la velada seducción de los encajes y la insinuación del hechizo del fetiche. El cruce de "miradas" masculina y femenina convierte los objetos y ropajes de “Ilusión de un fetiche" en metáforas del erotismo asociado con la imagen de la mujer. Cecilia Paredes explora en “Lenguaje del corazón", con una propuesta depurada y sobria, diferentes actitudes frente a la experiencia del dolor. Utilizando el corazón como símbolo del sentimiento, Cecilia construye un documento íntimo, en el que desnuda los rincones dolientes del alma, hilvanando el discurso con una sutil pero profunda sensibilidad femenina. Cada día es más lejana la posibilidad del sacrificio de la mujer por ser diferente de los modelos para ella asignados en la tradición de la cultura occidental y por apegarse a una actitud transgresora; sacrificio al que se han visto muchas obligadas a lo largo de la historia cuando han traspasado las fronteras impuestas por la sociedad. La inmolación por ser fiel a una actitud desafiante queda magistralmente retratada en el homenaje que Marisel Jiménez realizó en el retrato de la incomprendida "Yolanda Oreamuno" cuya actitud probó ser demasiado controversial para la época que le tocó vivir. La artista se convierte también en transgresora al esculpir esta obra, pues se aleja de la forma tradicional de ejecutar retratos públicos en el país.

Es posible que en el futuro el medio social sea menos hostil con la mujer y que no impida su pleno desarrollo como ser humano integral en un entorno que, sin anular las diferencias propias de hombre y mujer, ofrezca las oportunidades para un desarrollo social y personal en igualdad de condiciones.

Los medios de comunicación masiva continúan utilizando las formas arquetípicas de lo femenino e hibridizando imágenes decimonónicas con imágenes que transmiten las nuevas funciones que la mujer desempeña en la sociedad contemporánea. Terminan así proyectando la figura de inteligentes gerentes mujeres que no pierden su "femineidad" tradicional y que finalmente quedan atrapadas en una red de intertextos que no acaban por liberar su imagen de los lastres y convencionalismos del pasado.

En el ámbito de la plástica, así como en otras expresiones artísticas, cada día encontramos más jóvenes creadoras que conscientes de esa nueva "mirada femenina" plantean a través de su arte una revisión crítica de los arquetipos femeninos de nuestra sociedad patriarcal. A su vez la cultura se transforma dando paso a formas novedosas de conducta y pensamiento, que poco a poco nos acercan a un balance de esa asimetría arcana que ha caracterizado al binomio masculino-femenino en la cultura de Occidente.

lleana Alvarado Venegas
Efraím Hernández Villalobos