Inicio English
Información General
Museo del Oro Precolombino
Museo de Numismática
Sala de Exhibiciones Temporales
Departamento de Educación
Turismo
Calendario de Actividades
Tienda
Galería de Fotos
Mapa del Sitio
Contáctenos
 
SUB MENU
Información General
Exposición Actual
Exposiciones Anteriores
Publicaciones
Artículos
Catálogos
Libros
Links de interés

Catálogos

  • “Imágenes de hombres”

>> Regresar al menú de Catálogos
 

Introducción

La cultura occidental ha concebido al genero masculino, una posición de ventaja sobre lo femenino y, dentro de un orden del mundo coherente con esa mirada de privilegio, le ha otorgado dimensiones de heroísmo y virtud que le hacen encarnar los mas grandes e importantes ideales y, a la vez, ocupar las mas altas posiciones de mando como una cosa natural.

Asociado con la fuerza, el coraje y la templanza, lo masculino ha adquirido como parte de su acervo las dimensiones de la razón y de las virtudes éticas. Con bagaje que incluye reyes, héroes, sabios y dioses, el imaginario del masculino se relacionará con la representación de la virilidad; Con bagaje que incluye

reyes, héroes, sabios y dioses, el imaginario del masculino se relacionará con la representación de la virilidad; sin duda alguna, una de las virtudes más preciadas dentro de la sociedad y la cultura que se sustenta.

El espacio concedido a lo masculino dentro de esta jerarquía, dará a los varones la hegemonía para desempeñar los papeles protagónicos en los destinos de la historia y la sociedad. Los valores superiores de la cultura, serán entonces resumidos en la figura de los hombres, cuya imagen se convierte en el símbolo de lo humano. Las artes visuales, a lo largo de su historia, muestran a plenitud ese manejo de la imagen del varón como sinónimo del ser humano, entendido como entidad abstracto-metafísica. El cuerpo varonil con la energía contenida en la presentación de su fuerza muscular, se une al ámbito del intelecto, dando como resultado la imagen de un ser completo, el hombre ha encarnado así las virtudes éticas de la humanidad el desnudo masculino desde la Grecia clásica en el siglo V a.C. se convierte en esta manera en portador de conceptos e ideales que resultan ser símbolo de los más excelsos valores del género humano.

Triunfadores y dominantes, salvadores castos y dignos caballeros; férreos combatientes portadores de la razón y el conocimiento, ilustres legisladores y gobernantes, seductores amantes y rígidos padres; los hombres han simbolizado el trabajo, el dominio de las emociones y la capacidad de estructurar el mundo a través de su sentido del orden, la mesura y la ley.

En el mundo de las artes visuales, estas asociaciones con lo masculino constituyen un rico filón que ilustra esa dimensión múltiple de la construcción de la masculinidad occidental a lo largo de la historia. Guerreros, atletas, santos, pensadores, legisladores, ascetas, líderes y padres virtuosos. Los hombres personifican en las artes visuales ese cúmulo de ideas que los seres humanos han creado en torno a la cultura y a la condición humana, finamente entrelazado en el tejido de la cultura occidental.

“Imágenes de Hombres” intenta una revisión de la efigie masculina en el desarrollo del arte costarricense y una interpretación de las funciones sociales y asociaciones culturales que estas figuras masculinas poseen en la estética y la iconografía que heredamos del viejo mundo. Incluye, además, un acercamiento a la representación simbólica precolombina y a su vínculo con la imagen masculina. Posee entonces una dimensión histórica, por una parte, y una mirada que intenta aprehender las fronteras sociológicas del fenómeno de la representación de lo masculino en el arte costarricense.

Las obras en exhibición se agrupan alrededor de conceptos como el héroe, las virtudes cívicas y sociales, la familia y el trabajo, el ejercicio del poder, el deseo y la violencia, atendiendo a la manera en que estos conceptos se plasman en las artes visuales de nuestro país. La exposición presenta obras que muestran, gracias a la elocuencia de las imágenes, algunos aspectos medulares de lo masculino, exhibe también obras que cuestionan la masculinidad hegemónica de distintos enfoques.

Están ausentes temas que, aunque constituyen parte importante del imaginario del varón no se han representado con fuerza en las artes visuales. Esperarnos que esta ausencia se haga visible, precisamente, por su omisión.

“Imágenes de hombres” continúa el esfuerzo y replantea la actitud que ofreció al público Imágenes de mujeres", celebrada en los Museos del Banco Central en 1999, en su intento de atisbar dentro de los confines de la expresión plástica, los espacios en los que se perfilan los contornos de las identidades masculinas y femeninas en el ámbito de la cultura nacional.  

Héroes, Mártires y Santos

En las sociedades ancestrales, anteriores a la llegada de los europeos las figuras masculinas destacan como símbolos del poder y sus instancias. Así, la representación de los guerreros y chamanes los convierte en íconos importantes dentro de la producción simbólica de estas culturas. Dentro de este ámbito, el poder religioso y su vinculación con el ­político nos suplen con formas escultóricas que identifican lo fálico con la fertilidad, el vigor, la energía cíclica y el poder de mando. Las piezas cerámicas, al igual que las formas geometrizadas de las tallas en piedra proponen lo masculino como símbolo de poderes humanos y también como fuerzas espirituales trascendentales. En la figura del varón se encuentran representados, entre otros, el valor de los combatientes, la actitud ritual de los chamanes y curanderos y las representaciones de las energías y fuerzas naturales divinizadas.

La cultura europea impuesta tras la Conquista traerá consigo un enorme bagaje de héroes de otro cuño: honorables, caballeros, valientes soldados, castos predicadores, santos milagrosos y poderosos reyes, todos bajo la égida de un Dios único, universal y omnisciente, cuya representación es claramente masculina.

El valor y la templanza de los santos cristianos frente a las vicisitudes de la vida, su heroísmo ascético, su espiritualidad mística, serán nuevos modelos de conducta y paradigmas a seguir. A su lado el implacable conquistador, el caballero cortesano y el poderoso monarca, harán patente la fuerza del poder y ostentarán virtudes civiles corporizadas en la violencia y el dominio, aunque supuestamente orientadas por la razón. Estos últimos serán los modelos de lo laico siempre, vinculados con la virilidad.

Durante la Colonia las iglesias ofrecerán las imágenes de los santos, representados de forma tal que el fiel comprenda su entereza frente al dolor y el sufrimiento; gracias al dominio del cuerpo debido a las virtudes del alma que le permiten unir, a través del misticismo, la razón y el espíritu. El sacrificio del amor y la dicha de la virtud llega a su máxima expresión en la figura del Dios crucificado o azotado (Cristo atado a la columna), cuya doliente representación supera cualquier otra; ante el hecho de que es un sacrificio por la humanidad, máxima prueba de amor paterno, valor y entrega.

En Costa Rica, durante la primera mitad del siglo XX, varios artistas exaltan en sus obras la espiritualidad singular de la figura de San Francisco de Asís, entre ellos, escultores como Juan Manuel Sánchez y pintoras como Luisa González abordan esta noble imagen con diferentes perspectivas, entre ellas la relación panteísta con los seres de la naturaleza ( San Francisco y el lobo de Sánchez, en 1970/75 y San Francisco y los pájaros de González, en 1968).

Con el advenimiento de la Independencia y el surgimiento de las repúblicas, el ámbito cultural se puebla de un nuevo tipo de "santos laicos”: los libertadores y los fundadores nuevo orden, entre ellos presidentes, legisladores y próceres de la patria, cuyas efigies en las plazas públicas y parques hablarán de las virtudes ciudadanas.

El retrato de estos insignes ciudadanos, servidores del nuevo sistema político y de las nuevas virtudes sociales y ciudadanas, también engrosará las colecciones estatales de los Congresos, parlamentos y edificios públicos, transmitiendo desde sus paredes este nuevo orden de ideas y valores: dignidad, entereza, probidad, honestidad.

Las nacientes repúblicas, y los regímenes democráticos del siglo XIX, impulsan el paradigma neoclásico en las escuelas y academias de arte, protegidas por el estado, obteniendo así lo masculino el protagonismo. Los modelos neoclásicos fijaban su interés en la herencia grecolatina, concebida como el fundamento legal y filosófico de las ideas ilustradas. Este paradigma será erigido como el representativo del nuevo orden de las cosas. La institucionalidad se manifiesta en los retratos austeros de grandes ciudadanos y en los hechos heróicos de los caudillos de la patria.

El desnudo masculino asociado a los monumentos de los próceres y como fundamento del aprendizaje de las artes, adquiere relevancia y domina las iconografías de tendencia académica. En nuestro país, es excepcional la presencia de desnudos masculinos relacionados con la mitología y los valores del clasicismo. Pocos monumentos públicos como el del presidente Juan Rafael Mora Porras, frente al Edificio de Correos y Telégrafos de San José (P. Píraino, 1929), presentan el cuerpo desnudo masculino como alegoría de la libertad y el honor.

Fadrique Gutiérrez, escultor costarricense de fines del siglo XIX, manifiesta interés por las figuras públicas vinculadas a la política (Retrato de Próspero Fernández, 1872) y por representar el desnudo de tipo académico como vemos en su Neptuno de 1863, que formaba parte del conjunto escultórico alegórico que engalanó la fuente de los tanques municipales de la ciudad de Heredia.

La pintura histórica, hija predilecta de los artistas académicos, representará los hechos importantes de la historia nacional protagonizados en su mayoría por varones. Un ejemplo de este género pictórico es el que representa la pintura La Quema del Mesón, hecho singular de la campaña de 1856, pintado por Enrique Echandi. Además de su calidad, la obra es de gran importancia porque fue objeto de polémica cuando se exhibió por primera vez, ya que la representación del héroe Juan Santamaría no obedecía a los preceptos aceptados por la academia para representar a un héroe de tal envergadura.

El estado se convierte en patrocinador de monumentos para los héroes de la patria, como es el caso del Monumento a Juan Santamaría (A, Durenne) en Alajuela, y el Monumento a Juan Mora Fernández (R, Verlet) frente a las Arcadas en San José. La institución religiosa hará lo suyo, celebrando a sus figuras importantes con obras públicas como en el Monumento al obispo Bernardo Augusto Thiel (A. Froli), al costado de la Catedral Metropolitana.

La gran cantidad de retratos oficiales y homenajes a científicos, presidentes, legisladores, personajes ejemplares y artistas se constituyen en portadores y depositarios del conjunto de valores ciudadanos de respetabilidad y virtudes intelectuales y artísticas que fomenta la cultura republicana, positivista y liberal del momento.

En los últimos años, un número creciente de artistas entre los que sobresalen José Miguel Rojas, Florencia Urbina, Emilia Villegas, Adrián Arguedas, Juan Bernal Ponce, manejan un discurso político que cuestionan los aparatos estatales y las estructuras del poder.

Juan Bernal Ponce con sus grabados de gran calidad y mediante el recurso de la deformación, expresionista, retrata la violencia y la condición grotesca de las dictaduras militares en obras intensas y profundas, que denuncian la monstruosidad de los brotes totalitaristas del continente. En su serie sobre la conquista, Bernal Ponce indaga el reino de lo militar, utilizando el sangriento ejemplo de la conquista de América como paradigma de la guerra, pasando así, con sus imágenes de lo particular a lo universal.

Florencia Urbina aborda en su pintura de las décadas de los setenta y ochenta la problemática de orden social y político, en la que emplaza el patrón imperialista y etnocéntrica de la cultura occidental. Agresiva en sus colores, desenfadada en sus actitudes, ácida en su actitud critica, Urbina utiliza un mensaje plástico que toma sus imágenes de la cultura de masas. Su mirada al mundo de los políticos es irónica y en ella escudriña el mundo masculino en sus aspectos públicos y privados.

Las imágenes de poder caracterizan toda una etapa de la producción pictórica de José Miguel Rojas. Esta señala los excesos de los delincuentes de “cuello blanco”, la creciente corrupción en la oficialidad estatal y la degeneración de los principios de la honestidad como fenómeno general de la sociedad, trasroscada por la ambición, el dinero y el poder. La actitud del artista se retrata en la sordida monstruosidad del corte expresionista con la que aborda sus personajes.

Emilia Villegas, con figuras locales y con un cierto “realismo simbólico”, ataca la institucionalidad del país y revisa la historia nacional para constituir una actitud crítica frente a las problemáticas sociales y políticas de la nación.

Los protagonistas de las obras de Rojas y Villegas son los hombres "importantes" que manejan las instancias del poder en nuestro sistema político. Los autores los denuncian y los critican, socavando así el conjunto de mitos que sobre la democracia en el país hemos tejido.

El retrato

El género del retrato va mas allá del mero hecho de mostrar las virtudes cívicas, a las que ya hemos hecho referencia. El retrato afectivo y el autorretrato nos ofrecen la oportunidad de atisbar, en el arte moderno, la mirada crítica o emotiva que explora otras dimensiones del modelo; surge la posibilidad de proyectar emociones y un desenfado en la ejecución no frecuente en el concepto decimonónico del retrato.

En nuestro arte, Juan Luis Rodríguez en obras como su autorretrato, de 1956, titulado Lo que el viento no se llevó, altera los patrones de auto contención o nostálgicos de los también ejecutados por Enrique Echandi y Francisco Amighetti. Rodríguez se desborda en sentimientos casi demenciales y trágicos, pocas veces admitidos por los hombres como imágenes de sí mismos.

Dos autorretratos importantes son el antes mencionado de Amighetti de 1951 y el de Enrique Echandi (1891). Además de ser estas obras de gran fuerza, trascienden el mero hecho de ser una representación de sus rasgos en un momento dado; ambos son imágenes de ellos como pintores, perpetúan así sus efigies ligadas con su oficio. La obra de Amighetti es, sin duda, uno de los autorretratos más expresivos que en el arte costarricense se han pintado.

Marisel Jiménez, en su retrato del escritor Joaquín Gutiérrez (1997),enfatizala fuerza del modelo tanto al asociarlo con el saurio que carga en su hombro, como también por la energía que otorga a las superficies texturadas. La fuerza y la intensidad del personaje están plasmadas con maestría en una obra que se introduce en ámbitos totalmente expresivos y emocionales.

Artistas de generaciones más jóvenes han manejado en su producción plástica, una especie de retrato con personajes que, por la peculiaridad de sus vidas y su relación con la cultura y la historia, revisten rasgos especiales que nos revelan aspectos sociológicos importantes relacionados con nuestra cultura. Estos personajes, en muchos casos "verdaderos santos laicos", se convierten en símbolos de valores sociales y en mitos por el reconocimiento de sus virtudes. En Descendimiento No. 5, Adrián Arguedas representa al Ché Guevara por medio de una composición que sugiere el descendimiento de Jesús de la cruz. De esta manera, la fuerza de la imagen plasmada reside en su incorporación al grupo de mártires y héroes que pueblan la cultura occidental, desde Prometeo, Jesucristo, hasta este guerrillero dispuesto a sacrificar su vida por los otros.

El ensamblaje de Sussy Vargas con el retrato del Doctor Moreno Cañas, titulado Oración Imposible (1996), escruta otros universos donde estos "modelos de santidad" masculinos, por sus actos de bondad y caridad, se hacen acreedores de un respeto y admiración que se mezclan con la religiosidad popular, heredando entonces el aura santa sólo portada en Occidente desde tiempos inmemoriales, por sacerdotes y médicos y sanadores que alivian los males del cuerpo y el espíritu para beneficio de la humanidad doliente.

Estos "retratos paradigmáticos” de "salvadores de la humanidad", muchas veces trascienden el parecido físico del retratado, convirtiéndose en medios para que los artistas comenten aspectos de la política y las creencias religiosas, casi siempre vinculadas con el heroísmo y relacionadas generalmente con figuras masculinas prominentes.

El trabajo

Al lado de los virtuosos ciudadanos antes mencionados, vemos otro tipo de representación portadora de valores patrios y fundadora de una ética nacional: la figura del campesino, trabajador y sencillo, pilar del concepto de nacionalidad promocionado por los grupos liberales en el poder. El campesino honesto y curtido por el sol dará cuerpo al paradigma ético de la cultura republicana costarricense; su imagen poblará los lienzos y papeles de los artistas de toda una generación que glorifican sus modestas virtudes como ejemplo a seguir.

Luisa González de Sáenz con su lienzo El Gamonal (1937), muestra esa imagen de poder benévolo del campesino costarricense, recio, fuerte y orgulloso de su origen y estilo de vida. Francisco Zúñiga, en sus óleos de los años treinta, al igual que otros pintores de su generación, ofrece la otra cara de esta tan preciada imagen de la identidad costarricense; el joven trabajador vigoroso y tesonero, símbolo de esa fuerza pujante de vida republicana.

Como hemos visto, el arte republicano resume en la representación de la figura masculina, valores éticos y cívicos como el trabajo, la honestidad, la humildad y la mesura, la autoridad de la familia y la pujante energía de la nación. El campesino junto con las imágenes de los padres de la patria asume el paradigma del poder, la autoridad, la razón y la institucionalidad, virtudes del nuevo orden de cosas.

La efigie de lo masculino ha sido la imagen que por excelencia ha simbolizado el trabajo en monumentos públicos y en obras artísticas en el ámbito privado; el esfuerzo diario en el trabajo ha estado dominado por la figura de los hombres. “Imágenes de hombres" incluye esculturas co­mo Un alto en el camino de Fernando Calvo que glorifica el trabajo o des­criben el cansancio que sigue al esfuerzo de una ardua jornada de labor. Jorge Gallardo en El picapedrero (1963), Néstor Zeledón en El pargo (1987), Los obreros (1982) y Manuel de la Cruz González en El Cargador (obra sin fecha), ejemplifican el uso de lo masculino como sinónimo del te­són humano. El esfuerzo diario para dar continuidad a la vida "Ganarás el pan con el sudor de tu frente" (La Biblia, Génesis 3) encuentra su mejor exponente en la figura del hombre que trabaja en los campos de sol a sol.

Deporte y violencia

 Asociadas a la imagen del campesino surgen también, en dibujos y grabados, otros ámbitos dominados por el hombre: la pelea y la cantina, la fuerza y la destreza, valores característicos de la cultura machista. El hombre es fuerte, trabajador, incansable, valiente, audaz, competitivo y dominante; su ámbito de acción está fuera de las habitaciones del hogar, espacio único de lo femenino.

Uno de los ámbitos preferidos por el varón es el cultivo de los va­lores físicos corporales a través del deporte, visto éste como competencia en busca de una buena cosecha de preseas que atestigüen prestigio y provoquen la admiración de los otros, y la victoria conseguida con esfuer­zo se convierte, poco a poco, en un espacio masculino por excelencia, donde el hombre puede desplegar su competitividad, su violencia y agre­sividad de una manera socialmente tolerada.

El fútbol adquiere protagonismo nacional y se erige como un espa­cio en que la masculinidad se define. En este deporte se cohesiona la identificación que se posee de lo masculino con el conjunto de valores so­ciales que le otorgan identidad como tal. Además del fútbol hay otros de­portes "varoniles", de fuerza o inteligencia, que construyen a su alrede­dor importantes espacios para aprender socialmente los valores de la hombría.

Quizá el deporte que por excelencia muestra la superioridad de un hombre sobre los otros es el boxeo, esa lucha cuerpo a cuerpo en la que se prueba la fuerza física y las destrezas desarrolladas en el entrenamien­to. El arte costarricense exhibe de manera crítica la pasión por esta acti­vidad; por ejemplo en la pintura de Adrián Arguedas Tu mujer y tus dien­tes (1996), donde plantea a través del combate esa oscura rivalidad don­de los hombres disputan lo que les pertenece, incluyendo a la mujer, y que engloba algo más que la lucha por la superioridad física, acercándonos a connotaciones que incluyen también el terreno de la sexualidad.

Otra propuesta distinta, en relación con el boxeo, es la de Emilia Villegas quien nos enfrenta al boxeador que claudica, asumiendo una nueva actitud que le lleva a reconocer lo absurdo de una "pelea" sin sentido, que parece representativa de diferentes aspectos de lo humano dentro de una violencia permanente. La obra El rostro del miedo (sin fe­cha) de Rafa Fernández, rompe también con los valores tradicionales que el varón se ve forzado a representar, ya que se trata de un torero que te­meroso se niega a salir al ruedo.

El trabajo de Priscilla Monge, de la serie de Monumentos (2000), desacraliza esa veneración social a los 'héroes" del deporte. En sus cíni­cos monumentos, los deportistas son elevados a la categoría de íconos culturales, al mismo nivel de mandatarios, científicos y artistas. José Mi­guel Rojas en su obra La coronación de la virgen (1991) cuestiona la mezcla popular de superstición, valores cristianos y apasionamiento que el fútbol como negocio de entretenimiento ha adquirido en la cultura costarricense.

El clima de agresividad y violencia que se da en la confrontación por la supremacía del más fuerte, su relación con el deporte y la crueldad con los animales, se refleja con sagacidad en varios grabados de Francisco Amighetti, entre los que destacan Gallos y gente (1970). En grabados como El recién llegado (1983), Amighetti también plantea la marginación que sufren las personas al ser rechazadas socialmente por no pertenecer a alguno de los círculos de definición y conducta construidos desde la infancia. Adrián Arguedas, en una litografía sin título de 1999, plantea el mismo problema con un grupo de niños.

La cantina y el bar son también una especie de templo en el que el joven varón se somete a los rituales de su iniciación en el mundo de la virilidad; tomar más licor y tener más resistencia ante sus efectos, es una cualidad que admiran los otros hombres como símbolo importante de lo masculino. Francisco Amighetti con sus grabados Conversación (1969) y Bebedores 1 (1979) y Bebedores serie 2 (1980) muestra la crudeza y la deformación a las que puede conducir la trampa del vicio, práctica tan “natural” en el ejercicio social de la masculinidad.

En el bar Chichas , escultura de Leda Astorga, el tema se trata desde una perspectiva trágico‑cómica. Al igual que en Amighetti, los personajes aparecen deformados por el licor planteando inquietudes diversas sobre esta realidad.

Sexualidad

Amighetti es también un artista que sabe representar la dimensión del deseo y el erotismo masculino bajo una óptica de crítica sutil que revela sus fronteras entre lo agresivo aceptado socialmente como sucede en La niña y el viento (1969)y la práctica aceptada grupalmente de la satisfacción sexual en Mujer y transeúnte (1969) o Esfinge (1970).

La sexualidad masculina, concebida socialmente como insaciable y beligerante y casi reducida a la genitalidad, resalta a manera de metáforas en los acrílicos de Joaquín Rodríguez del Paso. Mediante el recurso de las flores (órganos reproductores de las plantas) y como un homenaje a la obra fotográfica que de esas plantas realizó Robert Mapplethorpe, el artista presenta a los pistilos de flores tales como los anturios exhibiendo sus virtudes entre el jardín poblado de otras flores menos fálicas. Los pistilos las penetran y se derraman en sus cálices, emulando la posesión entre los seres humanos; la rivalidad entre los machos es contundente en obras tales como en Mine is bigger than yours (La mía es más grande que la tuya, 2000) donde dos vigorosos anturios se enfrentan. Esta obra, y otras similares, sugieren la relación que el varón mantiene con su propio cuerpo y con sus órganos de reproducción en particular, lo que cobra un significado importante dentro de una sociedad falocéntrica como la nuestra.

Realizando una lectura diferente del mismo hecho, la instalación Huellas de varón (2000) de Herbert Bolaños hace evidente también el culto y la valoración que en la sociedad machista se tiene del falo. Reverenciado como el atributo por excelencia de la masculinidad y que constituye el áureo trofeo y el preciado lingote que define la hombría. Bolaños cuestiona esta "supremacía física" y logra comunicar, con un realismo y humor sofisticados, el aura destellante con que los varones estiman su más preciada pertenencia.

Una visión diferente la descubrimos en algunas obras que nos plantean una mirada femenina; algunas veces libre de prejuicios, decla­rando su disfrute físico de los encantos del amor carnal. Victoria Cabe­zas, por ejemplo, construye metáforas del placer y el deseo, con materia­les exuberantes e inéditos en las artes del país, en sus "esculturas sua­ves”, El jardín de las delicias (1973) y Banano con plumas (1973). En ellas el humor y la sutileza se erigen como vehículos portadores de sen­tido. El símil banano‑pene que la artista plantea puede relacionarse con los falos rituales de la época precolombina.

Paternidad y familia

 La vida familiar, la imagen paterna, la pareja y el ámbito domésti­co son escasamente representados en el arte costarricense y, cuando se representan, aluden a la relación con la autoridad y el respeto. En el san­toral de la cristiandad, San Vicente de Paul, San Antonio y a veces San José se representan con un niño en brazos y aunque no se refiere estric­tamente al sentimiento de paternidad, conduce a la idea del amor filial. Más allá del ámbito de las imágenes religiosas o las alusiones a la Biblia, en obras como El hijo pródigo de Juan Rafael Chacón, se plantea esta re­lación afectiva, poco representada en el arte del país, entre el padre y sus hijos o cónyuge, aunque en general la ternura, la bondad y la dulzura son emociones ausentes en la iconografía de hombres comunes posiblemen­te por no pertenecer al grupo de emociones y actitudes asociadas con la virilidad y la hombría dentro de una cultura eminentemente machista.

Otras pinturas en las que constatamos una relación del hombre como padre de familia son Cosecha de maíz (1976‑1977) de Jorge Gallardo, y Obrero y su hijo (1981), de Ana Griselda Hine. En ambas predo­mina el sentido de jefe de familia; en el primer caso, la persona a cuyo alrededor se organiza el trabajo y la familia y en el segundo el de relación cercana pero distante entre un obrero y su hijo, uno al lado del otro mirando hacia adelante. En esta pequeña gran obra, el hijo es protegido por la fuerza del padre, patente en sus brazos firmes; hay confianza y apoyo pero cada uno se mantiene en su espacio lejos del abrazo o la acción afectiva directa.

Ana Griselda Hine produjo en la década de los ochenta una serie de grabados y carboncillos de gran fuerza y en un tono eminentemente critico, donde plantea la imagen femenina dentro del espacio doméstico como o un objeto más del entorno y de su relación de pareja. Esta relación aparece siempre mediatizada por objetos y encuadres que alejan y separan a los protagonistas, la visión que los personajes tienen de su antagonista nunca es completa y esta sensación se acrecienta por la atmósfera de conflictos y tensión que cobija a los personajes. Hombre y mujer parecen, entonces, condenados a nunca encontrarse de frente y ni a mirarse en su totalidad.

Este conflicto de relaciones masculino‑femenino, intensificado por las estructuras culturales que definen identidades opuestas y excluyentes es el tema de una serie de grabados en metal realizados en 1996 por Adrián Arguedas, entre los que sobresale Ella y yo. Arguedas presenta a una a pareja cuyos gestos y actitudes corporales denuncian la incapacidad del diálogo. La cama junto a la que permanecen es metáfora de una intimidad afectiva y espiritual no explorada; las miradas ajenas y los rostros cansados ante la imposibilidad del acercamiento y el fondo fragmentado, poblado de lucha y violencia evidencian la dificultad y la inutilidad del esfuerzo.

Profundamente relacionado con las ideas de Hine es el relieve pictórico de Roberto Lizano titulado Mujer enamorada de escultura griega, imagen en la que una mujer contempla una cabeza escultórica que sugiere el clasicismo de la Grecia antigua, escultura cuyo pedestal ella sostiene. La pieza escultórica mira a su vez fijamente a la mujer, cruzándose sus miradas con asombro en una relación construida desigualmente, ya que la idealización hace que la posibilidad de un intercambio real sea imposible.

Francisco Amighetti en su grabado Nocturno (1978) presenta la interacción de dos espacios en donde estalla la violencia por doquier: en uno, a través de la ventana, miramos a un esposo que amenaza violento a su mujer bajo la mirada atónita de su hijo; en el otro, más allá del recinto, en las calles y los techos, la violencia y la muerte se avalanzan sin piedad sobre los hombres. La forma en que Amighetti contrapone los espacios público y privado establece una relación de mutua dependencia que irremediablemente vincula casa y sociedad.

Otro tipo de violencia doméstica, protagonizada por el varón, y prácticamente no representada en el medio, puede observarse en la pintura Incesto (1993), de Xinia Chaves. Chaves plasma el horror y el trauma que resultan del abuso de poder, que destroza por la agresión el acceso sano a la sexualidad de centenares de niñas y niños que sufren esa experiencia negativa.

Hombre humanidad

Otro tipo importante de representación del hombre en la cultura occidental tiene relación con el uso que de su imagen se ha hecho para simbolizar al género humano y resumir en su cuerpo y sus acciones ideas que atañen a lo mitológico y lo histórico: Prometeo, Hércules, Cristo, Hamlet, Don Quijote, son algunos de los varones cuyas gestas ilustran esta relación con los grandes ideales y las preocupaciones metafísicas de Occidente.

En este tema, Francisco Amighetti es posiblemente uno de los artistas costarricenses en cuya obra detectamos con mayor claridad la identificación de valores o discursos sobre lo humano con la presencia masculina. En Conflicto entre niño y gato (1969), la agresividad del género humano es vista a través de la imagen de un niño que plantea la supuesta oposición entre la razón humana y la agresión instintiva animal. Al decidirse por una figura de varón, como portadora de conceptos asociados con lo humano, Amighetti retorna una actitud típica de las artes visuales de Occidente; actitud que puede constatarse examinando la producción simbólica de los diferentes momentos de la historia del arte. Son múltiples las obras de este gran grabador en donde encontramos este vínculo entre imagen masculina y condición humana. El niño y la nube (1969) y El solitario (1970) nos hablan de la difícil consecución de los sueños y los ideales al estar el hombre atado a la tierra, aunque, no obstante y por momentos, pueda unirse al cosmos al retirarse de lo mundano para desde el balcón acercarse a lo celeste y contemplar las estrellas lejos del mundanal ruido.

En otras obras como El friso de los observadores observados (1972), Amighetti nos presenta la envidia, el odio y la incomprensión como defectos humanos corporizados por rostros masculinos ávidos de destrucción e intolerancia. A su vez La ventana blanca (1970) nos enfrenta a la realidad de la muerte, a la frustración, al dolor, a través de la imagen desnuda de un varón que encara desolado estas dimensiones de la existencia.

El choque con las vicisitudes de la vida, las barreras contra las que irremediablemente nos golpeamos se definen en las figuras masculinas de inspiración clásica de Miguel Hernández (sin título, 1985) y Fernando Castro, Transfiguras (1987), que enfrentan la muerte como final de la carrera de la vida y el obstáculo como constante del vivir. En estas obras gráficas, dos figuras viriles y desnudas recogen la tradición clásica de desnudo como proyección de valores filosóficos y éticos. El esfuerzo de los vigorosos músculos simboliza las penurias y conflictos que acompañan al género humano en su transcurso por la senda de la existencia Despertar (1987), de Esteban Coto nos remite a ideas similares mediante la representación de un cuerpo masculino contorsionado que atraviesa una estructura que le dificulta el paso.

Dos esculturas de Crisanto Badilla, el bronce Cabeza: Pensamiento #1 (1989) y el mármol Vendedor de Flores nos plantean dos lecturas diferentes del tema. En el bronce, las figuras que brotan de la cabeza se presentan como pensamientos, ideas, sueños; en fin, meditaciones propias de un ser coronado por su creatividad y la razón. El mármol conjuga un torso masculino joven portando flores y sugiere la convivencia lírica del hombre y la naturaleza; la relación entre la expresión suave del rostro juvenil y el pecho fuerte con la belleza de las flores parece recuperar las historias de la “Edad Dorada" la idea de un reino bucólico de paz entre el hombre y el entorno.

El desnudo

Como se mencionó anteriormente, el desnudo masculino, a pesar de ser la base del estudio académico, no es frecuente en la producción plástica de nuestro país; en otras latitudes, este tipo de desnudo asociado a valores filosóficos y como alegoría política o en relación con los héroes de la mitología clásica tuvo una presencia y un protagonismo fuertes. En Costa Rica, durante la primera mitad del siglo XX son muy poco frecuentes estos desnudos; entre los que se conocen tenemos El sueño (1933), relieve en yeso de Juan Portuguéz que recrea un prototipo clásico.

En las últimas tres décadas, la importancia que el cuerpo ha tomado, como vehículo expresivo en las artes visuales, conjuntamente con la apertura de pensamiento que acompaña a las actitudes "postmodernas" y el emerger de las minorías en todos los ámbitos de la cultura han provocado un resurgir del desnudo en general y del desnudo masculino particularmente, y nuestro medio empieza también a despertar a estas nuevas corrientes con un resurgir de la presencia de la figura masculina desnuda.

Sussy Vargas con sus fotografías de desnudo de varones encarna la mirada contemporánea femenina sobre el cuerpo varonil. En estas obras Vargas dibuja una poética misteriosa de melancolía en torno al cuerpo viril desnudo, a la vez que celebra su belleza.

Las fotografías de Fernando Acuña nos plantean a través del desnudo, la urgencia por la satisfacción del deseo multiplicado. Empleando varios cuerpos que se encuentran y se cruzan, el artista crea una sola entidad en su afán de representar experiencias múltiples de naturaleza "biológica" o de plantear la lucha interna permanente de los individuos.

Bajo actitudes muy variadas, la imagen homoerática ha tomado fuerza en la representación artística de los últimos años; cantidad de artistas utilizan el cuerpo como vehículo expresivo para glorificar su belleza, reafirmar la identidad o para convertirlo en el receptáculo doliente de la discriminación por parte de la cultura hegemónica machista.

Los dibujos y ensamblajes de Roberto Lizano remiten al clasicismo en la concepción de la figura y el canon, pero incluyen nuevos contenidos y una mirada contemporánea que desacraliza, y a la vez, revela las dimensiones ocultas de la iconografía masculina en la historia del arte occidental. En su San Sebastián, Lizano se apropia de este personaje, replanteándolo como figura sensual que se presenta sin tapujos como objeto de deseo, pese a las presiones sociales y a los prejuicios. Ensamblajes como Torso prisionero (2000) retoman el discurso de San Sebastián pero el dolor se transforma aquí en ruego votivo que expone la tortura de la experiencia individual y social de la diferencia. Lizano plantea así la dimensión del sufrimiento que se padece cuando se es diferente dentro de una estructura social jerarquizada, unilateral y excluyente.

La actitud idealizada y postmoderna de José Vargas funde la estética de corte académico con la iconografía erótica contemporánea, para plantear alrededor del desnudo masculino un regreso a lo "clásico", recuperando al héroe mitológico en el joven vigoroso de la cultura actual de los cuerpos hermosos. Se instaura así una instancia de placer estético vinculada al cuerpo varonil desde una perspectiva propia de la cultura actual; al hacer esto, enlaza actitudes e iconografías de distintas procedencias culturales y de diferentes épocas de la historia del arte. Rolando Cubero en su Laocoonte (2000) plantea también este interés postmoderno que lo lleva a retomar temas de la antigüedad, pero a diferencia de Vargas, utiliza como marco un drama que le permite enlazar la representación del sufrimiento corporal con el placer, a través de la belleza del cuerpo masculino.

Giorgio Timms y Jaime David Tischler discuten con su fotografía, esmerada en el diseño y rica en expresividad, la problemática de la identidad. Haciendo uso de algunas obras de sus exposiciones Fragmentos de un deseo mendicante (1998) y Memoria ingrávida (1999), y en esta exposición con En el pecado elevarás tu penitencia, Tischler expresa las inquietudes de la mirada entre sensual y doliente de las minorías sexuales, en un trabajo sobre la soledad, la posibilidad del amor, el desencuentro, la separatidad, la incomunicación y el deseo. La fotografía de Giorgio Timms perteneciente a la serie Desencuentros (Museo Nacional, 1991 que exhibimos en “Imágenes de hombres", explora también aspectos interesantes de la identidad; la supuesta fuerza masculina, la debilidad subyacente, el dolor y el miedo, todo ello visible en la poderosa figura varonil que se enfrenta a una imagen femenina que lo interpela desde la pantalla de un monitor de televisión.

Acercándose al otro

Las generaciones más jóvenes de artistas replantean las funciones y papeles asignados socialmente a hombres y mujeres, al producir imágenes artísticas en las que cuestionan esa división de trabajos y actitudes por sexo que ha caracterizado tradicionalmente a nuestra sociedad. Jorge Albán, con sus relieves fotográficos impresos en piezas de autos abollados, en una versión masculina postmoderna, se apodera de las imágenes renacentistas de madonas suplantándolas él mismo y asumiendo así una función materna con su propia hija. La suavidad de la imagen paterna con el áspero y destartalado soporte, tornándose la imagen impresa en una fuente rica en posibilidades de lectura en donde la ternura y la violencia se unen. El mismo artista ha trabajado en otra serie de fotografías acompañadas de textos, donde se autorretrata realizando labores domesticas en el entorno del hogar. De esta manera, al asumir una conducta o actitud diferente a la que la tradición le asigna como varón, penetra en el ámbito femenino que le define en su identidad por oposición. En su última producción plástica para el espectáculo Marginalia, Joaquín Rodríguez del Paso, usando su cabeza sobre imágenes de cuerpos de mujer, que realizan acciones de las mujeres, como dar a luz y ama­mantar suplanta lo femenino. En este "rapto" del otro cuerpo se asume y se incorpora la experiencia imposible. Desde esta perspectiva se enfatiza la idea cada más fuerte de que no poseemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo y la importancia de esto para fundamentar la identidad, experiencia y conductas.

La presentación de lo masculino, así como de lo femenino, ha sufrido grandes cambios a lo largo del desarrollo de la historia del arte. Estos cambios muestran las variantes en la concepción de los idearios asociados al género y sus definiciones en los distintos momentos de la cultura occidental.

En la época actual, estas representaciones del género han experimentado giros, producto de las modificaciones sociales y económicas de las últimas décadas, y de su repercusión en la construcción social de los espacios y radios de acción asignados a hombres y mujeres. Estas nuevas realidades socio‑culturales crean rupturas y replantean los papeles tradicionales de ambos géneros; todo esto genera cambios en las nociones de identidad y en las ideas, actitudes y conductas asociadas con sexos.

La diversidad en la iconografía, que nos permite conocer los ámbitos de competencia de ambos géneros durante la historia, nos presenta testimonio que atestigua y preserva para el futuro un acervo de imágenes ilustrativas de los cambios propios del devenir de la cultura.

Cada día, con mayor libertad de ideas y mayor acopio de medios técnicos, la representación artística de hombres y mujeres permite plantear problemáticas de manera más abierta y con una mayor complejidad. A medida que se borren las fronteras tradicionales, entre los ámbitos de masculinidad y femineidad, las imágenes de hombres y mujeres aparecerán cada vez más vinculadas a ideas y contextos que antes les eran vedados.

“Imágenes de hombres" concentra un grupo de obras plásticas que representan, afirman, construyen y cuestionan aspectos importantes de las ideas sobre masculinidad imperantes en la cultura nacional. Intenta crear así un espacio para la reflexión que ayude a generar nuevas actitudes en torno al acercamiento de los seres humanos, más allá de las diferencias establecidas por la cultura que conciben el género en términos exclusivos de oposición.

lleana Alvarado
Efraím Hernández