Lic. Patricia Fernández Esquivel.
Curadora de Arqueología.
Museos Banco Central de Costa Rica.
La mayoría de las sociedades han dado importancia, en menor o mayor grado, a la muerte. En torno a ella se han desarrollado creencias y prácticas como una forma de paliar un evento que, si bien es inherente a la condición humana, no deja de causar algún efecto dentro del núcleo familiar y social.
Las prácticas rituales en relación con la muerte están estructuradas culturalmente. Tanto las actividades como su significado son compartidos por los miembros de una comunidad y responden a conceptos específicos acerca de la muerte. Los oficiantes y los participantes en tales rituales deben seguir procedimientos rigurosos con la firme convicción de que se logrará lo deseado con la ejecución de tales acciones.
Los rituales funerarios precolombinos se basan, fundamentalmente, en los deberes de los parientes y descendientes para con el muerto. Las técnicas desarrolladas en la preparación del cuerpo y el complejo ritual de las ceremonias de enterramiento están relacionados con la creencia de la supervivencia del alma y la existencia del más allá.
Para los indios Guatusos las almas (cocá) llegan a la morada divina, a un palenque en donde se encuentran los muertos de su familia. Entre los Bibris, las almas salen de la casa de suLá y deben retornar a ella cuando el cuerpo muere. (Bozzoli 1979; Constenla 1993).
De las nociones anteriores, rescatadas de grupos indígenas actuales en Costa Rica, se desprende un concepto de la muerte en donde el alma debe volver a su lugar de origen, junto con los suyos. Para que esto pueda darse debidamente, se deben cumplir una serie de acciones (rituales) en las cuales se ven involucrados los familiares (clanes), la comunidad y los especialistas encargados de llevar en forma debida los rituales.
En las sociedades de tradición agraria, las prácticas funerarias están relacionadas con los conceptos de renovación y fertilidad. La finalidad de los rituales funerarios reside en asegurar el éxito en la vida terrenal del grupo familiar (clanes) en tanto se de un regreso adecuado de las almas a la morada. Se trata, en síntesis, de no romper el ciclo de origen y retorno del grupo familiar; si esto sucediera los clanes correrían peligro y por extensión el grupo social.
Los grupos prehispánicos que habitaron nuestro territorio, contaban con creencias y prácticas relacionadas con la muerte. Algunos elementos de los rituales funerarios pueden ser rescatados de la información que ha provisto la investigación arqueológica; otros elementos pueden ser relacionados con la información que suministran los relatos de cronistas y viajeros, así como las creencias de grupos indígenas actuales.
Tratar de interpretar y reconstruir acciones rituales funerarias no es del todo fácil cuando se cuenta con información fragmentada y ha transcurrido un lapso de tiempo de cientos de años. Sin embargo, es factible rescatar ciertos elementos que permiten acercarse a la dimensión social de tales prácticas y, a la vez, intentar comprender la compleja estructura de creencias de nuestros indígenas en torno a la muerte, desde el pasado hasta su continuidad en el presente.
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Practicas rituales en torno a la muerte
En 1502, Cristóbal Colón en su cuarto viaje llegó a las costas de la actual Costa Rica y al visitar los palenques vio que
“(en) uno de ellos muy espacioso, de madera y cubierto de cañas, tenía los indios sepulturas dentro de ellas, cuerpos embalsamados, envueltos en mantas de algodón y con adornos de oro y sartas de cuentas. Tapando los sepulcros había tablas con esculturas que representaban hombres y animales”
(Fernández Guardia 1975)
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Este hecho que llamó la atención a los españoles, corresponde a una práctica funeraria muy extendida entre los grupos prehispánicos de nuestro país que ha sido denominada entierro secundario.
Esta consistía en preparar el cadáver en un envoltorio con hojas o mantas y ponerlo en un lugar especial para que perdiera sus partes blandas; posteriormente, se limpiaban los huesos y se agrupaban, se les hacía un nuevo envoltorio y finalmente se realizaba el enterramiento. Entre la preparación del cuerpo y el enterramiento podía transcurrir hasta un año; por eso se habla de una primera etapa: la preparación del cuerpo, y una segunda: el enterramiento.
Parte de esta práctica fue descrita por Fray Francisco de San José en 1697 en Talamanca:
“A los muertos no los entierran, y lo que hacen luego que expira alguna persona es pintarla con resinas. Luego lo envuelven en hojas grandes de bijao y cubren todo el cuerpo de pies a cabeza con una manta grande y la cosen muy bien. Después la amarran a una palanca de los pies, cintura y cabeza y lo cuelgan en el aire entre dos
horquetas y le hacen un rancho de palma para resguardarlo del agua.”
(Fernández Guardia 1975)
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Esta primera etapa de los enterramientos secundarios también fue descrita para la zona de Talamanca en 1902 por Francis Nicholas, sin diferencia en relación con la descripción que hiciera Fray Francisco de San José.
La actividad principal de esta primera etapa de los enterramientos secundarios es la preparación del cuerpo. Cristóbal Colón describió que los cuerpos “estaban embalsamados”; un relato semejante hace Fray Agustín de Ceballos en 1610:
“...los talamancas sacaban de unos árboles una especie de copal para tratar los cuerpos de los muertos..”
(Fernández Guardia 1975:148) |
Arqueológicamente, es posible rastrear esta práctica inhumatoria. Por ejemplo, en la zona del Golfo de Nicoya el sitio arqueológico La Regla es la evidencia más temprana para Costa Rica, con un fechamiento de 500 años a.C. Los huesos fueron arreglados en forma de paquete, atados con cortezas o cuerdas delgadas (Guerrero, Solís y Vázquez 1992).
El hecho de que los paquetes con los restos óseos presentaran ataduras indica necesariamente, una preparación de los cuerpos que consistía en una descarnación de los mismos previa a la envoltura.
Las descripciones que se hicieron después de la conquista y hasta principios de este siglo así como la evidencia arqueológica acerca de la preparación del cuerpo asociado a enterramientos secundarios, pone de manifiesto una práctica funeraria con una tradición de al menos 1500 años, en la cual debieron estar involucrados especialistas que seguían procedimientos rituales, tal y como se puede ver en la mitología y etnografía de los indígenas talamanqueños actuales.
Si bien es cierto, aunque no podemos asumir que las costumbres funerarias talamanqueñas descritas hace varias centurias puedan atribuirse a las demás culturas precolombinas; sí es posible rescatar algunos |
elementos rituales que permanecieron por varios siglos, claro está, con particularidades para cada período y región.
Entre los Bribris, paralelo a la preparación del cuerpo se realizaban actividades que incluían ceremonias como la preparación y consumo de alimentos, cantos y danzas,
“...toda la chicha, chocolate y alimento, fue preparado. Encendiose el fuego entre cánticos ... este era el fuego sagrado...”
(William Gabb 1873, en:(Ferrero ,1981)
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Entre los talamanqueños el éxito de un funeral adecuado o un regreso sin tropiezos al mundo de abajo, residía en la intervención de forma apropiada de los especialistas encargados y entrenados para tales rituales.
Existía una jerarquía de especialistas con funciones específicas, así el enterrador u óköm era quien presidía los funerales y eran los únicos que podían tocar los muertos y arreglar los paquetes funerarios; en segundo orden seguían los cantores funerarios o jtsökoL; los bikakLa eran los maestros de ceremonias encargados de disponer la organización y distribución del alimento.
Para ejercer los cargos anteriores se requería de un proceso de aprendizaje e iniciación cuyas responsabilidades residían en un manejo correcto de los procedimientos rituales, lo cual implicaba un respeto a la jerarquía y a las funciones de cada uno de ellos.
La segunda ceremonia funeraria se celebraba aproximadamente un año después, esta incluía el envoltorio de los huesos, junto con cantos, danzas, consumo de alimentos y finalmente el enterramiento:
“...mandaron a llamar a los jtsökoL, a tsiru óköm, al óköm, y con estos especialistas aplicaron sus reglamentos para hacer este trabajo para el cadáver del rey, le cantaron, colocaron sus huesos en su debido lugar, y los llevaron al cementerio. Primero lo colocan encima de una camilla que se llama suletka, todo esto lo organizan los óköpa y para sus honras le ofrecen guacamayos, chicha y cacao para tomar.”
(Bozzoli, María E. 1977:185
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La etnografía talamanqueña es rica en descripciones acerca de los rituales asociados
con los funerales (Pittier,1838; Gabb,1981; Stone 1993, entre otros). Como hemos dicho anteriormente, es muy probable que estas prácticas mantengan ciertos rasgos de continuidad desde épocas prehispánicas y guarden analogías con algunas de las evidencias arqueológicas.
Así por ejemplo, el consumo de alimentos y chicha en el mismo lugar de enterramiento fue reportado por Pittier (1938) en Talamanca, así como el uso de los alimentos como ofrendas. Francis Nicholas (1902:19) refiere que después de depositar el cuerpo en la sepultura, se dejaba a un lado un pequeño asiento para sentarse, una tinaja de barro para chicha, un vaso para beber y un calabazo.
En la región de Cartago en el sitio arqueológico C-80 CAP, en el área de cementerio fechad entre el 300-800 d.C. hay la presencia de un fogón en medio de las sepulturas; la mayoría de las vasijas asociadas a este elemento fueron colocadas al fuego antes de ser depositadas como ofrendas, lo cual sugiere que este fogón1 pudo ser utilizado con propósitos relacionados con los ritos funerarios, específicamente la preparación o consumo de alimentos en el acto de enterramiento.
El sitio El Rincón, un cementerio ubicado en las faldas de una loma en la zona de Grecia, con una ocupación del 300-800 d.C., también presenta evidencia de un fogón2 en la cercanía de los entierros, en donde las huellas del ahumado en las piezas presuponen la preparación de alimentos.
En Guanacaste en el Valle del Tempisque, en el sitio La Ceiba también hay una asociación directa entre los enterramientos y un área de hornillas3 en donde se prepararon alimentos asociados al ritual funerario (300-800 d.C.). Los restos florales y faunísticos asociados a estas hornillas3 indican preparación de alimentos que comprende granos de maíz y frijol así como carnes de diversos animales y pescado.
La preparación y consumo de alimentos durante la preparación del cuerpo o en el propio ritual de enterramiento, se presenta como un elemento alrededor del cual participa la comunidad; además de servir como elemento cohesionador, se constituye en un elemento ritual necesario, que contribuye al buen retorno del alma al lugar original.
Entre los indios Guatusos los alimentos como ofrendas son indispensables para el difunto, pues sin alimentos no puede entrar en contacto con sus familiares en la morada divina (Constenla, 1993).
Un elemento ritual importante dentro de las actividades funerarias talamanqueñas y que no podemos ver en el registro arqueológico, son las danzas y cantos llevadas a cabo por los especialistas. El viajero Francis Nicholas junto a Antonio Saldaña4 presenciaron el siguiente evento, en 1902:
“cuatro hombres se encaminaron al fondo de la casa y se colocaron hombro con hombro, marcando el compás con los pies, después dos más se les juntaron: éstos llevaban coronas de plumas blancas y cascabeles hechos con calabazos. Pasado un rato llegó otro que tenía en la mano un instrumento de madera que producía un sonido agudo al sacudirlo. Inmediatamente se pusieron los hombres y los muchachos en línea, llevando cada uno un tambor.
Formada la fila comenzaron un canto mágico en voz baja, después surgió un trémolo en medio del canto, a medida de los que portaban cascabeles les daban un movimiento circular, luego se olló un ruido seco de un objeto de madera, entonces la fila de bailarines comenzó a moverse hacia adelante y hacia atrás, con el acompañamiento de los tambores, los cascabeles, del instrumento de madera y las modulaciones de los cantores. Los bailarines miraron hacia el lado izquierdo de la casa, en el cual se hallaba en alto tres líos envueltos en hojas que contenían los huesos de sus muertos, en espera de su sepultura final. El baile continuó hasta que llegaron los danzantes exactamente debajo de los muertos".
(Francis Nicholas 1902:8-9)
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Estas danzas precedían a procesiones que se daban camino al área de enterramiento
“ Formose una procesión, a la cabeza iban los sacerdotes con sus cascabeles.
Después seguía el coro de cantores con sus tambores. Enseguida el cuerpo, llevado por dos hombres y precedido por dos viudas, cada una teniendo la punta de una de las cuerdas de algodón, como si condujeran al muerto a su descanso final.”
(William Gabb 1873 en: Ferrero 1981:130) |
La participación de los especialistas en el manejo del cuerpo, la preparación de alimentos, y los cantos y danzas, en su conjunto constituían los elementos necesarios para un adecuado retorno y encuentro con los antepasados en su lugar de origen, siendo este hecho la consecución final de las acciones rituales en torno a la muerte.
Prácticas ofrendarías
Cristóbal Colón se refirió a la presencia de objetos de oro que acompañaban al difunto; de igual manera lo señalan algunos cronistas del siglo XVI, pero la principal evidencia del uso de ofrendas lo constituye el numeroso registro arqueológico asociado a contextos funerarios en todas las zonas del país.
En términos arqueológicos, el patrón ofrendario ha sido un elemento de análisis que refleja el grado de organización y diferenciación social alcanzada por las sociedades. La cerámica, la piedra, el jade, el oro, y probablemente materiales orgánicos como cestería, textiles, plumas y alimentos, han sido ofrendas tradicionales en nuestras culturas, respondiendo a particularidades temporales y culturales.
Los objetos ofrendados, los preparativos y los ritos que los acompañan, responden a una determinada concepción de la muerte; de ahí que los rituales ofrendarios deben ser vistos y analizados como un componente más dentro de un esquema de actividades debidamente concebidas y organizadas en torno a la muerte.
Dentro del esquema ofrendario deben tomarse en cuenta no sólo los objetos materiales y alimentarios sino también elementos como sacrificios de animales y de personas. Fray Francisco de San José (1697); Henry Pittier(1938) así como William Gabb ( Ferrero 1981) señalan el sacrificio y enterramiento de una lapa o guacamaya verde durante la ceremonia de enterramiento entre los talamanqueños.
Relata Fray Francisco que si el muerto tenía esclavos, los mataban y los ponían sobre los huesos del difunto. La práctica de sacrificios humanos asociados a enterramientos también fue descrita por Juan Vázquez de Coronado en los viajes que hiciera por el sur de Costa Rica en el siglo XVI:
“Hallaron el caudillo y soldados a este cacique Tuarco con un yndio muerto rebuelto en cantidad de mantas, con oro y otras cosas, en cima de una barbacoa, y lloravanle mas de sesenta yndios a su modo para enterrar. Hizome gran lastima saber que cuatro dias antes avian muerto quatro o seys mochachos para enterrarlos con el difunto”
(Fernández Guardia 1908:30) |
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El sacrificio de objetos también formaba parte de los rituales funerarios. William Gabb, refieriéndose al enterramiento del rey talamanqueño Santiago, comenta que cuando la procesión salió de la casa se sacaron algunas tinajas viejas para chicha, que fueron ostentosamente quebradas (Ferrero 1981:131).
En los enterramientos prehispánicos de Costa Rica, en diferentes regiones y períodos es frecuente la presencia de cerámica, piedra y oro, quebrada y agujereada intencionalmente. Esta práctica funeraria (conocida como “matanza ceremonial”) se observa en muchos sitios arqueológicos con un lapso temporal de 300 a.C. a 1550 d.C.
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Los sitios arqueológicos funerarios de la región central del país entre el 300 y el 800 d.C. presentan las evidencias más claras de este ritual, siendo tal vez uno de los ejemplos más claros el sitio El Rincón, en donde no solamente encontramos esta práctica sino también otros elementos rituales funerarios como la preparación y consumo de alimento:
“En el proceso de enterramiento, sobre el fogón se depositaron algunas ollas con alimentos para cocinarlos, mientras el difunto era colocado en la sepultura, posteriormente se acomodaron las ofrendas funerarias en forma alineada o agrupadas, de acuerdo al individuo. Se rellenó la fosa con una capa de tierra separando al individuo de la siguiente etapa del rito funerario. En el fogón se colocaron floreros 5 que posiblemente contenían alimento. La poca presencia de ollín, sugiere apenas el calentamiento de las sustancias por un lapso pequeño de tiempo.
Encima de la tumba se mataron (desfondando y quebrando) los floreros 5, a muchos de los cuales se les quitó fragmentos como soportes, cuellos y en otras ocasiones se amontonaron soportes, aunque no tuvieran relación entre sí.
Con el número observado de soportes de floreros y formas de bordes se pudo establecer un estimado de la cantidad de artefactos involucrados en el ritual, dicha estimación indicó que por lo menos 134 floreros fueron matados. Por último, conjuntamente con los floreros se colocaron agrupaciones de piedras para demarcar las tumbas.”
(Artavia y Hernández. 1991: 18)
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En otros cementerios contemporáneos al del Rincón (Rojas 1990, Rojas 1992, Rojas y Artavia 1994, entre otros) han aparecido soportes de vasijas fragmentados en los niveles superiores de las tumbas lo que podría indicar un ritual posterior al enterramiento.
La evidencia arqueológica y etnográfica sugiere que el ritual de “matanza” de ofrendas está relacionado con acciones realizadas posteriormente al enterramiento; sin embargo, este patrón pudo haber variado hacia períodos más tardíos tal y como lo evidencia un cementerio en el sur del país, ubicado en la parte media de la cuenca del Río Térraba (Paso Real), en donde las principales ofrendas lo constituyen objetos europeos; hay vasijas a las cuales les falta cerca de la mitad del cuerpo, puestas sobre los restos óseos (Quintanilla 1986).
No hay datos arqueológicos ni referencias escritas acerca del “matado” de piezas de oro en contextos funerarios; sin embargo, es probable que éste responda a los patrones rituales funerarios que hemos descrito anteriormente y que con leves modificaciones, hayan permanecido a través de varias centurias.
La colección de objetos de oro del Banco Central de Costa Rica posee ejemplares que muestran deterioro intencional, principalmente debido a golpes. En las figuras humanas los golpes son principalmente en la cara y en las piernas; algunas de ellas están fracturadas a la altura de la cintura.
Las figuras de aves son el grupo de figuras que muestran mayor deterioro debido a los golpes; las alas y el pico se encuentran dobladas en la mayoría de los casos. Cascabeles, pinzas, adornos sublabiales y discos también se encuentran con este tipo de “matanza”.
La observación microscópica llevada a cabo con algunas de estas piezas muestra que el “deterioro” se debe a un acto intencional y no a accidentes producidos por ejemplo al momento de ser extraídos. Los objetos utilizados para el “matado” fueron principalmente punzones, martillos de piedra o sencillamente piedras. El deterioro se presenta siempre en la parte frontal de los objetos, respondiendo al patrón de uso, dado que estos objetos fueron diseñados para ser colgados y vistos de frente.
Hay una evidente intención de anular la acción de las figuras representadas. Por ejemplo, las aves se deterioran en las alas y el pico; las figuras humanas en las piernas y la cara; las figuras de animales en las patas, y los discos, fragmentándolos. Podemos establecer un patrón similar al anterior para la cerámica “matada”; se fragmentan los soportes y se desfondan, inutilizando así los objetos. En ese mismo propósito se muestra en los metates de piedra fragmentados por la mitad o en los platos seccionados.
La intención del “matado” radica en la anulación del objeto, “está muerto”, ya no puede cumplir la función para la cual fue hecho. Tal vez estos rituales de matanza ceremonial simbolicen el estado de muerte de los individuos o acciones ofrendarias cuya intención no podemos inferirla actualmente en toda su dimensión.
Contar con un panorama más claro de las prácticas rituales en torno a la muerte llevadas a cabo por los grupos prehispánicos podrá ser posible conforme avance la investigación arqueológica. En este sentido, se hace necesario establecer nuevos enfoques de investigación para dar respuestas a los interrogantes que permanecen todavía.
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