Desde hace al menos cinco siglos y
hasta hace pocos años, cada vez que llegaba
la luna menguante del mes de marzo, la población
indígena boruca se ponía en marcha para
vivir una aventura fascinante, de la que hoy muy pocos
tienen noticia.
Los boruca, quienes viven desde tiempos
muy antiguos en las montañas de la zona sur
de Costa Rica (Buenos Aires y Osa, Provincia de Puntarenas)
tomaban sus botes de madera tallada e iniciaban un
viaje aguas abajo del río Grande de Térraba
para llegar a las playas de Ventanas, Piñuela
y sus alrededores. Armados con madejas de algodón,
bolsos, anzuelos y algunas armas de caza, estos viajeros
acampaban durante unas semanas a la orilla del mar.
Hombres y mujeres, viejos y jóvenes boruca
retornaban a una parte del territorio donde se habían
movido sin barreras antes de la llegada de los españoles.
En los escarpados acantilados de la costa y en los
bosques enmarañados de los alrededores, se proveían
de sal, tintes, medicinas, resinas, moluscos, peces
y otras valiosas maravillas que sólo se encontraban
en esa breve franja costera. Era una práctica
muy antigua, tan antigua que podía ser anterior
a la llegada de los conquistadores.
El viaje a la costa
era un momento de trabajo intenso, que rompía
con la monotonía de las tareas
agrícolas en la montaña. Ni bien llegaban
a la orilla del Pacífico, se dedicaban a recolectar
los troncos arrastrados por el mar para hacer fogatas
que iluminaban las noches de campamento y cuyas cenizas
procesaban para extraer sal. Después buscaban
pequeños moluscos, extraían su carne
y la ponían a modo de cuentas de collar en hilos,
ahumaban estos collares y otras carnes de los animales
cazados o pescados en el mismo viaje: sahinos, venados,
tepezcuintles y todo lo que se pudiera. Había
que aprovechar el tiempo al máximo. Pero también
había ocasiones para la diversión: las
noches que se llenaban de historias, de cantos y quizás
de atrevidas aventuras a la orilla del mar.
El viaje
a la costa tenía muchos objetivos,
pero el principal era teñir las madejas de algodón
que las mujeres habían preparado con antelación.
Este era un trabajo que hacían los hombres.
Se les podía ver durante las mareas bajas entre
las escarpadas rocas de los acantilados, saltando de
una a otra o suspendidos en aristas de una pared de
vértigo y con una mano sosteniendo los hilos.
En cualquier momento podían perder la vida por
un pie mal puesto o por una traición del mar.
El
conocimiento acumulado los llevaba a buscar dos especies
de caracoles que soltaban una sustancia blancuzca y
lechosa que se convertía en morado horas después. Surem o surem-is le
llaman ellos; Plicopurpura patulasubsp.
pansa (Gould, 1853) y Plicopurpura columellaris (Lamarck,
1816), las llaman los científicos. Son dos especies
muy parecidas que viven pegadas en las rocas en las
zonas donde sube y baja la marea. No sólo se
encuentran en Costa Rica; se las encuentra a lo largo
de la costa del Pacífico desde Baja California
Sur hasta la costa norte de Perú.
En muchas
partes del mundo se han usado distintas especies de
caracoles para teñir. En la mayoría
de los casos los moluscos morían durante el
proceso, porque los trituraban para extraerles el tinte.
Sin embargo, los boruca han usado una técnica
de teñido directo, que consiste en extraer la
sustancia tintórea del animal vivo mediante
la estimulación individual de cada ejemplar.
Distribuidos entre las rocas, los hombres buscaban
los caracoles, los despegaban, los sacudían
para eliminar el agua salada y se los acercaban a la
boca. Con la parte abierta del caracol a pocos centímetros,
soplaban con fuerza suficiente para estremecer al animal
escondido en el interior de su concha. El acosado animal
expelía inmediatamente una sustancia lechosa,
la que con cuidado de artesano era derramada sobre
la madeja de algodón. “Ordeñado”,
el caracol volvía al mismo lugar de donde había
sido arrancado y así, caracol tras caracol,
la madeja quedaba bañada en ese líquido
que la convertiría en un apetecido y valioso
objeto: algodón morado.
Cumplida
su misión, cada hombre entregaba
a su mujer las madejas teñidas. Ahora le tocaba
a cada una de ellas enjuagarlas con agua salada y ponerlas
a secar. Además de los caracoles, la naturaleza,
ponía el oxigeno y la luz, sin los cuales no
se produciría la reacción química
que permitía el tinte directo y que garantizaba
a los caracoles seguir viviendo y ser reutilizados
tiempo después.
Después de por lo menos
una o dos semanas a la orilla del mar y aprovisionados
de todo lo que podían aprovechar de la costa,
los hombres y mujeres boruca regresaban río
arriba. Ya tenían
mucho de lo que necesitaban para el resto del año
y podían dedicarse de nuevo a las labores de
cada uno. Las mujeres que habían conseguido
teñir madejas podían incorporarla a sus
tejidos o bien intercambiar parte de ellas con vecinas
que no tenían la suerte de contar con marido
o familiares que le convirtieran el simple algodón
blanco en la valiosa fibra morada.
El hilo teñido
con caracoles adquiría
un valor especial dentro de la gama de colores que
utilizaban las tejedoras boruca en sus telares. Además
del blanco tradicional y del raro algodón café o
tocolote que también cultivan, los tejidos se
coloreaban con fibras de color verde, amarillo, azul,
negro y anaranjado, todas ellas teñidas de manera
natural y con materiales conocidos y manejados desde
tiempos antiguos.
El hilo morado obtenido mediante el “ordeño” de
los caracoles era altamente valorado. Los boruca de
mayor edad dicen que era el color relacionado con las
personas poderosas. Un color que en tiempos precolombinos
era usado por la gente importante al que no todos tenían
acceso. En tiempo de la colonia los tejidos con hilo
morado siguieron teniendo gran valor: los misioneros
y gobernadores obligaban a los boruca a tributar grandes
cantidades como se puede leer en varios documentos
de la época.
Todo lo narrado anteriormente suena
a pasado remoto. Sin embargo, los boruca son uno de
los seis pueblos indígenas que todavía
existen en Costa Rica. En tiempos precolombinos habitaban
en buena parte del Pacífico Sur, pero durante
el proceso de conquista y colonización española
fueron concentrados en el actual poblado de Boruca
y en sus cercanías. En la actualidad, siguen
desplazándose
hacia la costa para teñir con caracoles. Ahora
vienen en autobús o vehículos alquilados;
donde antes acampaban a sus anchas ahora es propiedad
privada o zona natural protegida. No pueden cazar porque
ya no hay qué cazar y porque aunque hubiera,
estaría prohibido. La sal ya la pueden comprar
en la pulpería y hay toda una variedad de hilos
teñidos de manera industrial a su disposición,
siempre y cuando puedan comprarlos.
A pesar de la mercantilización
y de la fuerte presión externa, las tejedoras
boruca siguen cultivando su algodón, tiñendo
y tejiendo. Cuando pueden, algunos hombres y mujeres
se desplazan hacia la costa y tiñen unos puñados
de algodón con el color que siguen extrayendo
de los caracoles. Es por eso que no es extraño
encontrar en tiendas de recuerdos para turistas alguna
manta, mochila o un bolsito elaborado con hilos de
un color morado acuoso. Posiblemente el comprador no
sabrá nada acerca de esas pocas fibras y la
historia que contienen. Quizás no se enteren
de que los boruca, junto con los mixtecos de Pinotepa
de San Luis, Oaxaca, México, son posiblemente
los únicos pueblos indígenas que todavía
usan el sistema de teñido directo con caracoles.
Tampoco sabrán que ésta es una técnica
muy antigua y que es un sistema sostenible, tanto en
términos ecológicos como sociales, ya
que ni muere el caracol ni mueren socialmente quienes
la practican.
Nota: este texto es un resumen de los siguientes
artículos:
Quintanilla, I. 2002. “Moluscos, tintes y textiles:
historia del uso del tinte morado entre las artesanas
borucas de Costa Rica”. Actas de las
II Jornadas Internacionales sobre textiles precolombinos (V.
Solanilla, ed), Universitat Autònoma de Barcelona-Institut
Catalá de Cooperació Iberoamericana,
Barcelona, pp:43-59.
Quintanilla, I. 2004. “La técnica
de teñido directo con caracoles: el ejemplo
de los boruca de Costa Rica”.
PURPURAE VESTES. I Simposium Internacional sobre
Textiles y Tintes del Mediterráneo en época
Romana (C. Alfaro, J.P. Wild y B. Costa,
eds.), España, pp.245-252.
Aquí también está sintetizada
gran parte de la información facilitada por
el finado Pío González, su esposa Margarita
Lázaro y otras personas de Boruca y Uvita quienes
gentilmente tuvieron la paciencia y la amabilidad de
orientarme en este tema. |