Manuel B. Chacón
Hidalgo
Museos del Banco Central
de Costa Rica
El cacao como bien de intercambio en Costa
Rica antes de la llegada de los españoles
Al
momento de la llegada de los españoles el
territorio que hoy es Costa Rica, estaba ocupado
por grupos organizados en cacicazgos.
Estos
grupos se caracterizaban por tener una organización
política y social relativamente compleja, en
la cual se daba una especialización de labores,
conformada por dirigentes político-religiosos,
productores de alimentos y artesanos especializados.
Territorialmente existían confederaciones de
cacicazgos con centros de poder ubicados en aldeas
principales y aldeas menores tributarias.
En general,
las aldeas eran grandes y de complejo diseño,
las principales con obras de infraestructura tales
como montículos, acueductos, calzadas,
plazas y muros de contención.
Los dirigentes
político-religiosos (caciques,
chamanes), en quienes estaba centralizado el poder,
cumplían una función redistribuida de
los bienes producidos por la comunidad y de los recibidos
como producto del intercambio entre territorios cacicales.
La
organización política y territorial,
así como la diversificación productiva
y la explotación de diversos ecosistemas llevó al
establecimiento de relaciones de intercambio de productos
tales como alimentos (sal, cacao,
maíz, plátanos, yuca, frijoles, etc.),
herramientas especializadas y otro tipo de bienes producidos
por las diferentes comunidades,
entre las cuales se pueden encontrar cerámica,
algodón, mantas, objetos de oro, etc. Este intercambio
de bienes entre los pueblos y la especialización
productiva facilitó el acceso a recursos diversos.
Algunos
investigadores que han escrito sobre la historia monetaria
de Costa Rica y sobre el simbolismo del cacao, han
señalado el uso de este como moneda dentro
de las sociedades precolombinas de Costa Rica. Sin
embargo, no existen evidencias claras de que esto se
haya dado en lo que hoy es nuestro territorio. Su uso
como tal ha sido inferido de las descripciones que
el conquistador español Gonzalo Fernández
de Oviedo hiciera de la vida de los pueblos, de lo
que hoy es Centroamérica, en el siglo XVI; y,
particularmente, del señalamiento que hace del
uso del cacao como moneda por los indígenas
de Nicaragua.
“É assi como va madurando
la fructa, assi se va enxugando aquella carnosidad
que está entre
las almendras, é ellas quedan sueltas en aquella
caxa, de donde las sacan después é las
guardan é tienen el mismo prescio é estimacion
que los cripstianos é otras gentes tienen
el oro é la moneda; porque assi lo son estas
almendras para ellos, pues que por ellas compran
todas las otras cosas. De manera que en aquella provincia
de Nicaragua, un conejo vale diez almendras destas
(...) é un esclavo vale ciento (...). Quiero,
pues, decir que ninguna cosa hay entre aquella gente,
donde esta moneda corre, que se deje de comprar é de
vender de aquella misma manera que entre los cripstianos
lo suelen hacer con buenos doblones ó ducados
de a dos.”
Así también lo
afirma el historiador Carlos Meléndez,
al señalar que los indígenas que habitaron
lo que hoy es Guanacaste “usaron como moneda
el cacao aunque además practicaron el trueque...”
Aún
cuando aceptáramos que por la cercanía
de ambos territorios también en Costa Rica se
pudiera haber usado el cacao como “moneda”,
nos inclinamos más por pensar que dicho producto
gozaba de una aceptación especial para el intercambio
por otros productos.
La antropóloga e historiadora
Eugenia Ibarra, en el libro “Las sociedades cacicales
de Costa Rica (siglo XVI)” establece
que el cacao era un bien que se utilizaba en los intercambios
como producto para la subsistencia o con importancia
político-religiosa y ceremonial.
No hace referencia a su uso como moneda, excepto para
el caso de Nicaragua y el Istmo de Rivas, sobre la
base de las descripciones de Gonzalo Fernández
de Oviedo, ya citadas.
En síntesis, podríamos
concluir que las transacciones de bienes en las sociedades
autóctonas
del siglo XVI se dieron sobre la base del trueque o
intercambio. Si bien el cacao era un producto apreciado,
este no constituyó ni el único artículo
utilizado para el intercambio, ni la medida de valor
para la adquisición de todos los bienes.
En estas
sociedades el intercambio tenía una
función que iba más allá de ser
un medio para la adquisición de bienes. Tenía
un significado socio-cultural ya que permitía
la transmisión de mensajes y la vinculación
entre grupos culturalmente diferentes y con sistemas
económicos distintos,
basado en el concepto de reciprocidad, el dar y recibir,
que es el fundamento básico de toda relación
social.
El cacao bien de intercambio y moneda en
el período colonial
La llegada de
los europeos a lo que hoy es Costa Rica, produjo
un cambio en el modo de vida de las sociedades autóctonas.
Los grupos indígenas fueron
desalojados de sus tierras, y sus lugares de vivienda
y sus costumbres se transformaron de acuerdo con los
intereses de los españoles, tanto desde el punto
de vista territorial como político, social,
económico y cultural. Esta nueva organización
dio origen también a la utilización de
moneda metálica y al establecimiento de un sistema
monetario de origen español.
Desde los primeros contactos de los españoles
con los habitantes de la hoy llamada Costa Rica, se
establecieron los primeros intercambios de objetos
españoles con otros proveídos por los
indígenas, los cuales fueron valorados por los
primeros en el equivalente a su moneda.
En la época
colonial, la población
de la provincia de Costa Rica se caracterizaba por
ser una sociedad agraria. La mayor parte de los habitantes
vivía dispersa en el campo, y cada familia se
veía obligada a producir lo necesario para su
propio consumo. En esa época se desarrolló la
producción de víveres y de cacao, lo
mismo que la ganadería y el cultivo del tabaco
con fines comerciales.
La característica de
todo el período
colonial, y aún en los primeros años
posteriores a la independencia, fue la escasez de moneda,
ya que no teníamos casas de acuñación,
por lo que la poca que circulaba ingresaba como producto
de las exportaciones y del pago de los funcionarios
civiles de la Corona Española y de los de la
Iglesia. Por esta razón, ambos sistemas, el
intercambio y el uso de moneda metálica para
las transacciones, coexistieron durante todo el período.
El mayor uso de uno u otro sistema estuvo en función
de la existencia o escasez de moneda o de la conveniencia
de los comerciantes.
En algunos momentos del período
colonial, ante la escasez de moneda, el cacao sirvió como
medio de cambio para obtener distintos productos, al
punto de que se oficializó como moneda en 1709,
cuando el gobernador Lorenzo Antonio de Granda y Balbín,
declaró las pepitas de cacao como medio oficial
y aceptable para el intercambio comercial en todas
las circunstancias ya que los habitantes “ ... para
su manutención y comprar los mantenimientos
indispensables, como ser la carne, maíz, vela,
manteca, jamón, sal, sebo y otras cosas útiles,
no tienen plata para poderlo hacer, y ser el fruto
que da esta tierra el cacao y no otro, y asimismo estar
enterado de que con la pérdida de los trigos
y sementeras que ha muchos años que no se logran,
no viene plata alguna, que entonces con su conducción
para el Reino de Tierra Firme, y llevar las harinas
de esta dicha ciudad y de aquellas partes venirles
a comprar, estaba más corriente el dinero y
no había lamentaciones de pobres de todas esferas,
en cuya atención y mirando las muchas necesidades
que padecen, y que más fácil es hallar
el real de cacao que el de plata, mando que desde hoy
día de la fecha, todos los vecinos, criadores
de ganado, los que vendieran candelas, maíz
dulce, manteca, jamón, sebo y demás cosas
tocantes al mantenimiento, reciban por ello cacao siendo
bueno de dar y recibir, pena de diez pesos”
Con
ello se estableció un sistema monetario
paralelo al de la moneda metálica, aunque guardando
una relación directa entre ellos. Así,
un real - unidad base del sistema monetario español
acuñado en plata - equivalía a dos reales
de cacao o sea a ciento sesenta semillas cacao, ya
que el real de cacao lo constituían, por lo
general, ochenta semillas de este producto.
Si bien
el cacao fue prohibido como moneda a finales del siglo
XVIII, su uso para el trueque continuó aún
durante gran parte del siglo XIX, dada su importancia
alimenticia y comercial.
La monetización de
la economía costarricense,
acelerada por el desarrollo del café y el consiguiente
auge económico a partir de la década
de 1830, llevó cada vez más al uso de
la moneda como medio de cambio, en un contexto caracterizado
por un desarrollo importante del mercado interno del
aumento del trabajo asalariado. La práctica
del trueque, como un mecanismo importante para la obtención
de bienes, fue disminuyendo conforme se monetizó la
economía en el siglo XIX y se fueron solucionando
los problemas de escasez de moneda, hasta el punto
de quedar como una práctica ocasional.
___________________________________________________________________
i Corrales Ulloa, Francisco. Costa Rica: Nuestra
Primera Historia. San José, C.R: Museo
Nacional de Costa Rica, 1991
ii Al respecto se pueden leer los trabajos de:
Soley
Güel, Tomás. Historia Monetaria
de Costa Rica. San José, Costa Rica: Imprenta
Nacional, 1926, p. 9
Meléndez, Carlos. Guión
Museo de Numismática. San José, Costa Rica: Museos Banco Central,
1990 (inédito), p. 31
Bozzoli de Willie,
María E. Continuidad del simbolismo del cacao,
del siglo XVI al siglo XX. En: Memoria del Congreso
sobre el mundo centroamericano de su tiempo (Vº centenario
de Gonzalo Fernández de Oviedo). San José,
Costa Rica: Editorial Texto, 1980, pp. 229-240
iii Al
respecto confróntese:
Meléndez Chaverri,
Carlos. Costa Rica vista por Fernández de
Oviedo.
San José, Costa
Rica: Ministerio de Cultura Juventud y Deportes, 1978,
pp. 71-72
iv Meléndez,
Loc. cit.
v Meléndez,
Carlos. Guión Museo de Numismática.
Op. cit.
vii Ibarra
Rojas, Eugenia. Las sociedades cacicales de Costa
Rica (siglo XVI). San José, Costa Rica:
Editorial de la Universidad de Costa Rica., 1996, pp.
107-119
viii Ibid,
p.109
ix Bozzoli, María E. Op. cit. p. 230
Citado en:
Facio, Rodrigo. Estudio sobre economía
costarricense. San José, Costa Rica: Editorial
Costa Rica, 1975, pp. 33-34.
|